Los deportes extremos que nos ponen en riesgo son una forma de medir el miedo humano; el miedo al daño, a la herida, al dolor y en últimas también a la muerte. Pero el paracaidismo, la escalada sin cuerdas de seguridad, el buceo de apnea, y demás prácticas exóticas, no son solo un fenómeno de la actualidad. En la antigüedad estos “deportes”, a veces como actos culturales, militares o de otra índole, también existieron.
Podemos recordar el circo romano en donde los esclavos tenían que vérselas contra los leones hambrientos, también pasando por Egipto, en donde hubo luchas entre dos equipos de guerreros sobre lagos llenos de cocodrilos. E incluso más allá, con las diferentes formas de batallar cuerpo a cuerpo presentes en una mayoría notoria de civilizaciones, por ejemplo, con las artes marciales, entre muchas otras.
«Así, el bungee jumping, las carreras
en bicicleta por paisajes agrestes a altas
velocidades, el canotaje por rápidos
y cascadas precipitadas…»
Así, el bungee jumping, las carreras en bicicleta por paisajes agrestes a altas velocidades, el canotaje por rápidos y cascadas precipitadas, y todos los demás deportes extremos de hoy en día, surgen de una cultura similar, aún guardando las distancias. Son prácticas que ponen al ser humano ante un reto: está en juego la propia integridad física y psicológica, en donde en muchas ocasiones las probabilidades juegan en contra.
Tener el peligro tan cerca, la posibilidad de lastimarse o incluso de morir, trae un vértigo que es apasionante para quien lo practica. Hay un componente de espectáculo: es entretenimiento para quien lo hace, pero también para el espectador. Por supuesto también se destaca el negocio alrededor de estas tendencias. Pero lo que es seguro es que practicar algo semejante nos impele a atravesar un reto existencial, en donde las cosas no siempre salen bien. Y justamente eso es parte de la diversión.
Dan Osman fue un escalador legendario en los Estados Unidos a finales del siglo pasado. Habiendo sido pionero en la escalada sin cuerdas, también conocida como Free Solo, vivía una vida bohemia dedicado en parte a la carpintería, en parte a su radical y temeraria pasión. Fue una figura pública, apareció en televisión, películas, revistas y demás, escalando verticalmente montañas enteras en pocos minutos sin seguridad de ningún tipo, solo con sus curtidas manos y pies. Osman murió un día nefasto en donde saltaba, como ya era usual, de un precipicio con la única confianza que le proveía una cuerda y un seguro, práctica en la que ya tenía el récord mundial habiendo saltado de 300 metros de altura. La cuerda falló. Osman no despertó del golpe.
Esto nos muestra que sí hay algo intenso a nivel interior ante el peligro; existe una curiosidad por el más allá, también una soberbia al tentar los límites de la vida, claro, pero también un cierto flujo entre el yo y el entorno que nutre a la persona más que el mero entretenimiento externo en todas esas situaciones extra-ordinarias que presentan peligro. Hay algo que se engrandece.
No en vano Jaimal Yogis escribió su testimonio de vida en el libro “Saltwater Buddha”, que traduce “el Buda de agua salada”, en donde cuenta cómo fue a través del surf que descubrió el Budismo Zen y se consagró a su práctica. La importancia de la respiración, la conexión con el momento presente, la extrema atención al cuerpo, a la mente y a su dominio, fueron claves que el autor destacó como similitudes entre el surf y el Zen.
«Puede ser que sea un contraste cualitativo
en la intención, lo que hace la diferencia
entre la muerte de unos a manos de un
entretenimiento sin límites, y el despertar…»
Puede ser que sea un contraste cualitativo en la intención, lo que hace la diferencia entre la muerte de unos a manos de un entretenimiento sin límites, y el despertar de otros ante una conciencia intensificada de su propio ser y su autoconocimiento. En su libro Yogis no presenta al surf necesariamente como un deporte extremo, pero sí lo plantea como una situación en donde no se tiene el control y, por tanto, en donde las enseñanzas del Zen juegan un rol crucial.
¿Hasta dónde el registro de esas intensidades favorece la vida interior? Se habla de sensación de libertad, cuando también estamos a las puertas de detonantes que podrían beneficiarnos o no. Para los más experimentados, incluso, no es que no se tenga miedo, solo que se acepta la muerte. Siempre, y ya es evidente, dependerá en realidad del grado de conciencia con el que se practique: la intención, la forma, el método y el propósito.






Me atrajo la lectura de esta nota porque me sentí identificada con la búsqueda de adrenalina en los deportes extremos. Me llevó a reflexiones nuevas sobre por qué o cómo justificaba este antiguo hobby en mi…y pude comprender las similitudes que se presentan con transitar un camino interno y este tipo de actividades y claro, no hay retorno a experimentar estas pruebas físicas, porque descubrí que no hay nada mas extremo que la practica de kriyas :)… Om Namaha Shivaya !!