Las representaciones dejadas por el hombre de Cromañón desde hace más de veinte mil años, perduran hasta el presente para deleitarnos, pero al mismo tiempo para darnos una lección de la más refinada concepción de lo que el arte en su esencia es. Pasado que es presente.
«Habían nacido en un planeta donde
reinaba la vida animal. Ellos no eran cuidadores
de animales: los animales eran los guardianes
del mundo y del universo que los rodeaba…»
Los nómadas eran muy conscientes de ser una minoría abrumadoramente superada en número por los animales. Habían nacido en un planeta donde reinaba la vida animal. Ellos no eran cuidadores de animales: los animales eran los guardianes del mundo y del universo que los rodeaba, que nunca se detuvo. Más allá de cada horizonte había más animales.
Al mismo tiempo, eran distintos de los animales. Podían hacer fuego y, por lo tanto, tenían luz en la oscuridad. Podían matar a distancia. Moldearon muchas cosas con sus manos. Hicieron tiendas de campaña para sí mismos, sostenidos por huesos de mamut. Hablaron. Podrían contar. Podían llevar agua.
John Berger, artista, escritor y crítico inglés, fue de los primeros en sostener que el arte encontrado en las cavernas, estaba lejos de ser la expresión de una ilusión o necesidad de sus artistas por mimetizarse con su presa para lograr cazarla o dominarla. Era en cambio un excelso y refinado entendimiento de lo animal. La representación más humana de lo animal; “El artista primitivo tenía un conocimiento íntimo y exhaustivo de estos animales; sus manos eran capaces de imaginarlos en la oscuridad”.
En sus observaciones Berger afirma que ve en las pinturas, figuras de animales feroces, sin duda, pero no miedo o temor por ellos, más bien un respeto fraternal e íntimo. “Por eso, en cada imagen animal hay una presencia humana. Una presencia revelada por el placer. Cada criatura aquí presente está a gusto en el hombre; una formulación extraña, pero indiscutible”. Había entendimiento de lo animal.
Cabe en este momento preguntarse: ¿Qué es el arte? Recurrimos a la explicación que Anandas Coomaraswamy, especialista anglo-indio en Arte Oriental, hiciera a propósito de lo que él llama “arte normal”. Lo define como un medio de comunicación o expresión, capaz de mostrar cómo hacer las cosas de la mejor manera, cuya finalidad fundamental es transmitir experiencias que expanden la libertad y la capacidad humana.
La concepción normal del arte es justamente la que se puede apreciar en las pinturas rupestres. En ellas, efectivamente, el artista es anónimo, no necesita firmar, no está. Solamente está su mirada, increíble, eterna, sobre el animal. Esta dinámica ofrece desde entonces un planteamiento de una ética y de una sensibilidad insuperables.
El arte, su arte, nace como un potro que puede caminar de inmediato. El talento para hacer arte acompaña la necesidad de ese arte; llegan juntos.
El Cromañón no vivían en la cueva. Entra en ella para participar en ritos de los que poco se sabe pero de los que podemos presentir mucho. La sugerencia de que eran, de alguna manera, para unos, iniciáticos o chamánicos para otros, parece tener cabida.
«Podemos intuir que vinieron aquí para
experimentar, y llevar consigo en la memoria,
momentos especiales de vivir un equilibrio
perfecto entre el peligro y la supervivencia…»
Podemos intuir que vinieron aquí para experimentar, y llevar consigo en la memoria, momentos especiales de vivir un equilibrio perfecto entre el peligro y la supervivencia. Al mismo tiempo no es difícil figurar una visión cosmogónica entre lo humano, lo animal y lo divino.
La carga simbólica de la caverna es asociada al corazón, como nos dice René Guénon en Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, donde expone el papel desempeñado por la caverna desde el punto de vista iniciático en tanto representación de un centro espiritual.
“En efecto, el corazón es esencialmente un símbolo del centro, ya se trate, por lo demás, del centro de un ser, o, analógicamente, del de un mundo, es decir, en otros términos, ya se coloque uno desde el punto de vista “microcósmico”, ya desde el “macrocósmico”; es, pues, natural, en virtud de esa relación, que el mismo significado pertenezca igualmente a la caverna, …”
Dicho esto, no es impertinente decir, que el hombre de Cromañón fue el iniciado primitivo que logra reverenciar desde su corazón, desde la caverna segura develada por su antorcha. El hombre cromañón en compañía del fuego y de pigmentos logra comunión entre su ser y su alrededor y accede a la esencia del mundo animal que lo rodea y maravilla.
Quizás desde ese pretérito aún nos grita la forma precisa del ser que aún muchos se niegan a ver en el presente.

Fuentes:
1.- Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, René Guenón, R.L. S. Cibeles no 131 – Gran Logia de España .
2.- https://www.theguardian.com/artanddesign/2002/oct/12/art.artsfeatures3
3.- https://theconversation.com/los-animales-de-las-pinturas-rupestres-nos-hablan-de-arte-y-empatia-a-traves-de-los-milenios-162774





