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AUROBINDO VINO A MÍ

upaninews · 11 de enero de 2024 · 9 min de lectura

AUROBINDO VINO A MÍ

Por Dilip Kumar Roy presentamos un fragmento del capítulo El Ashram sobre las emociones y reacciones de un brahmin que conquistó su mente y espíritu en el yoga, creciendo progresivamente consciente del mundo y de sus realidades difíciles. Con guruji aprendió que “el Conocimiento, cuando va a la raíz de nuestros problemas, tiene en sí mismo un poder curativo maravilloso; en cuanto tocas lo profundo del problema, en cuanto llegas a lo que de verdad te aflige, buceando cada vez más, el dolor desaparece como de milagro”.

CAPITULO IV

El Ashram

La llamada Antes de meterme en la difícil tarea de poner por escrito mis diferentes reacciones ante la vida del Ashram que se abrió ante mí en 1928, debo describir mi terror ante ese tipo de vida previo a ser arrojado a ella por una fuerza misteriosa que era al mismo tiempo demasiado tangible como para descartarla a la ligera como si fuera nada, y demasiado indefinida como para aferrarla. Para esto es necesario ir hacia atrás un poco aún a riesgo de convertirme en francamente autobiográfico. Nací en una de las familias brahmines más aristocráticas de Bengala. Mi tío por parte de madre, Kalachand Goswami, era descendencia directa del santo Adwaita Goswami, uno de los íntimos de Sri Chaitanya.

El padre de mi padre, Diwan Kartikeya Chandra Roy, fue Primer Ministro de uno de los estados más nobles y más antiguos de Bengala. Además del elevado estatus que disfrutaba, su honestidad y fortaleza de carácter eran legendarias: debido a su honestidad el Príncipe le ofreció una vez una espléndida recompensa que él rechazó porque, según dijo, no podía aceptar de ninguna forma una recompensa por haber cumplido simplemente su deber. Además era un libre pensador enérgico y escribió una autobiografía que cuando vio la luz, hace casi un siglo, escandalizó a muchos, porque en ella no solo daba fe con franqueza de su apostasía diciendo que no podía creer en la idea de un buen Centinela velando por este universo incorregible, sino que descargó abiertamente su admiración por el mleccha (sucio) inglés y su gusto por su cultura in toto. Mi padre Dwijendralal Roy, que salió a su padre, también fue un personaje notable y un brillante académico.

Fue a Inglaterra con una beca del Estado, regresó con un diploma de Cirencester, fue nombrado Juez Representante con los británicos cuya jefatura suprema odiaba y ridiculizaba cordialmente en sus obras históricas que le hicieron ganarse el título del más grande dramaturgo de la India moderna. Podría seguir con gusto escribiendo acerca de su versátil genio y sus logros literarios, pero como eso iría más allá del ámbito de mi proyecto, debo limitarme a mencionar solo aquellas cualidades suyas que tienen que ver con mi asunto. La sólida rectitud y el agnosticismo de mi abuelo dejaron, en los ochenta, una impresión imborrable en la ávida mente precoz, adolescente de su hijo. Su estancia en Inglaterra sólo hizo más profunda la tendencia que le había imbuido su ídolo. No es de extrañar que volviera de Inglaterra como declarado ateo, enérgico libre pensador e impaciente iconoclasta todo en uno.

No obstante, como él no era Primer Ministro, podía ser y de hecho rápidamente fue excomulgado por sus amistades. Sin inmutarse, el rebelde escribió una feroz sátira sobre la ortodoxia hindú y prácticamente quemó sus naves al casarse con mi madre, ¡la hija mayor de una viuda que se había casado por segunda vez! Teniendo ya muy poco que perder e incluso menos que temer, siguió mitigando nuestra religiosidad hindú y formalismo con sus canciones cómicas y sus poemas satíricos que rápidamente ganaron larga fama. En ese tiempo yo era todavía un adolescente. Teniendo yo tendencia por la risa congénitamente, seguí riéndome con él incluso cuando se atrevió a incluir el Gita como blanco de sus caricaturas. Por supuesto, no tenía nada en contra del Gita en sí mismo, pero simplemente no podía evitar poner en ridículo a aquellos que vivían una vida impura y hacían del Gita una obsesión a tiempo y a destiempo. Yo encontraba esto muy divertido y recuerdo cómo solía cantar alegremente con él mientras el irreverente se divertía, riéndose: (Solo presento aquí ocho líneas de su celebrada sátira):

Si decepciono al mundo hasta la cumbre de mi facilidad Robar, estafar, blasfemar o perjurar, “Todo será absuelto por la Gracia del Gita, Todas las enfermedades de la carne pueden curar Oh, amigo, no puede haber escrituras como el Gita ¡Vivamos alabando su nombre! Gloria a Ti, Oh, Gita, mi ángel Cuya magia nada puede eclipsar”.

Pero, aun cuando realmente disfrutaba tales irresistibles canciones, yo no podía ir con él hasta el final menospreciando el ardor religioso, pues a los trece años yo ya estaba bajo la influencia de dos discípulos directos de Sri Ramakrishna Paramahansa: Swami Brahmananda, el fundador de la Misión Ramakrishna, y “Sri M”, el famoso cronista del gran Mesías. No me es posible extenderme más aquí sobre el gran pensamiento de mi padre y su en cierta forma enigmática personalidad, ya que compuso alguno de los himnos más grandes en bengalí (a Krishna, Shiva, Ganga, Kali, Sri Chaitanya, etc.) que a menudo cantaba con lágrimas de éxtasis en los ojos. Pero hay algo que debo dejar claro en este momento, para evitar malos entendidos. En la descripción resumida de mis dos inmediatos antepasados puede que inconscientemente haya animado a mis lectores a formarse, de alguna manera, una noción errónea acerca de la parte que las fuerzas espirituales más profundas jugaron al moldear sus vidas.

Por lo que he escrito, aquellos que no conocen bien a las mejores mentes indias podrían pensar que, a fin de cuentas, no hay casi ninguna diferencia básica entre aquellas y aquellos otros que se occidentalizaron con éxito y que se aislaron completamente de las antiguas influencias espirituales de India, debido al punto de vista moderno europeo sobre la vida, como ha ocurrido, por dar un ejemplo contemporáneo típico, con Pundit Jawaharlal Neru. En otras palabras, podrían deducir, erróneamente guiados por nuestros modernos eslóganes, que las mejores mentes entre nosotros sólo podrían, como él, alcanzar una armonía duradera bajo la tutela de Occidente. Ese tipo de opinión no solo no sería sólida sino también demostrablemente falso. Las mejores mentes indias, por muy eficazmente inseminadas por las doctrinas del materialismo occidental, nunca pueden encontrar verdadero sustento de la fuente del agnosticismo sin visión y de la ciencia sin alma. Al mismo tiempo hay muchos escombros que tenemos que limpiar antes de poder alcanzar la auténtica fuente de sabiduría espiritual de la que estamos sedientos. Mi padre sintió esto profundamente, no menos que mi abuelo en su día.

Sin embargo, ellos no actuaron con exceso de celo como último recurso. Por esa razón mi padre no hizo otra cosa que ver con aprobación mi adoración por Sri Ramakrishna, aunque él satirizase el ritualismo degenerado de los hindúes supersticiosos. Lo que quiero indicar es que, a fin de cuentas, hay algo en las profundidades ocultas de la auténtica alma india que no puede abrirse de forma permanente a ningún otro evangelio que no sea el del espíritu, por mucho que haya en juego. A propósito, recuerdo un comentario impresionante de Lowes Dickinson, el famoso racionalista, que después de viajar por el Lejano Este, escribió que ni Japón ni China eran incomprensibles para la mente occidental: ¡fue solo en India donde estuvo ante algo totalmente extraño, incluso aterrador, para Occidente! Y es por eso precisamente por lo que Pundit Jawaharlal encuentra la cultura hindú como algo ajeno, incluso extraño, y no logra entender las diversas formas en que su espíritu religioso ha ayudado a la humanidad, un fracaso que incitó a Sri Aurobindo a escribirme (comentándome algunos extractos que yo le había enviado sobre las opiniones de Punditji acerca de la religión): “Yo no soy de la misma opinión que Jawaharlal sobre la religión hindú. Es cierto que la religión es siempre imperfecta, porque es una mezcla de la espiritualidad del hombre con sus tentativas que aparecen intentando sublimar ignorantemente su naturaleza inferior.

A mí la religión hindú me parece como un templo-catedral medio en ruinas, noble en su masa, a menudo increíble en detalle pero siempre fantástica con importancia; desmoronándose o en algunos lugares tremendamente anticuada, pero un templo-catedral en el que aún se está al servicio del Invisible y Su verdadera Presencia puede sentirse por aquellos que entran con el espíritu adecuado… “Y respecto a la otra pregunta, sobre la verdad detrás del hinduismo, solo puedo decir cual es la verdad detrás del hinduismo según mi punto de vista, una verdad contenida en la naturaleza misma de la existencia humana (por supuesto no vista superficialmente), algo que no es monopolio del hinduismo pero del cual el hinduismo es la expresión más noble.” Lowes Dickinson y Pundit Nehru nunca sintieron esto porque nunca contaron con el “espíritu adecuado”. No obstante, las razones de esto me llevarían más allá del ámbito de este libro. Por tanto para resumir. Al contrario que la típica mente positivista a la que acabo de referirme, yo sentía que tenía una vena congénita por lo místico que Dickinson denomina incomprensible y Pundijit medieval.

Así que no solo estaba yo dispuesto, sino deseoso de jugar apuestas más altas, de “vivir peligrosamente”, según lo expresó Nietzsche. Pero según pasaban los días, no podía yo percibir la llamada ni encontrar la manera de dar forma práctica a mi ideal. Estaba completamente dispuesto a “sumergirme”, pero ¿dónde estaba la llamada, inolvidablemente profunda? Y es más, ¿no podía uno tener esperanza de una balsa, si no un barco, cuando se sentía indefenso ante el ejército de olas? Esa era la pregunta cuya respuesta debía yo encontrar de una vez por todas. ¿Un Ashram, un centro espiritual, un núcleo de aspirantes? Pero siendo un individualista de nacimiento, con el amor por la libertad en mis huesos, me asustaba la perspectiva de tener que vivir en una colonia, en relativo aislamiento bajo condiciones que demostrarían ser más estrictas de lo que yo podía soportar. ¿Y si yo no estuviera de acuerdo con los sadhakas? ¿Y suponiendo que mi Gurú me pidiera atenerme a reglas que fueran imposibles para mí? ¿Y si lo encontrase limitado, la monotonía de las mismas tareas repetidas día tras día, año aquí y año allá? Todo tipo de especulaciones borboteaban en mi cerebro como burbujas irreprimibles hasta que, finalmente, decidí que nosotros, modernistas, no podríamos encontrar realización espiritual mediante tal herramienta escapista barata, que además ya se había intentado en la antigüedad y se había demostrado deficiente.

https://sri-aurobindo.co.in/workings/other/dilip-sri_aurobindo_vino_a_mi.pdf

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