René Guénon (1886–1951) matemático, masón y filósofo francés, nos muestra a través de su libro “El reino de la cantidad y los signos de los tiempos (1945) que el orden no es medido en números, sino en la calidad y en la armonía con lo Divino. Este libro es una obra maestra que nos lleva a recupera la visión espiritual de la vida, de la misma manera que nos muestra que los signos de los tiempos no son, solo indicadores materiales, sino manifestaciones de un orden superior que nos conectan con las energías y sensaciones primordiales del principio único. Una obra profunda, llena de filosofía y realidad, que invita a cuestionarnos las ilusiones de la modernidad y nos regresa con ideas puras y exactas a la raíz de la verdadera sabiduría de la esencia del Ser.
Cualidad y Cantidad
La cualidad y la cantidad se consideran bastante generalmente como dos términos complementarios, aunque sin duda se esté frecuentemente lejos de comprender la razón profunda de esta relación; esta razón reside en la correspondencia que hemos indicado en último lugar en lo que precede. Así pues, es menester partir aquí de la primera de todas las dualidades cósmicas, de la que está al principio mismo de la existencia o de la manifestación universal, y sin la cual ninguna manifestación sería posible, bajo cualquier modo que sea; esta dualidad es la de Purusha y Prakriti según la doctrina hindú, o, para emplear otra terminología, la de la «esencia» y la «substancia».
Éstas deben considerarse como principios universales, puesto que son los dos polos de toda manifestación; pero, a otro nivel, o más bien a otros niveles múltiples, como los dominios más o menos particularizados que se pueden considerar en el interior de la existencia universal, se pueden emplear también analógicamente éstos mismos términos en un sentido relativo, para designar lo que corresponde a éstos principios o lo que los representa más directamente en relación a un cierto modo más o menos restringido de la manifestación.
Es así como se podrá hablar de esencia y de substancia, ya sea para un mundo, es decir, para un estado de existencia determinado por algunas condiciones especiales, ya sea para un ser considerado en particular, o incluso para cada uno de los estados de este ser, es decir, para su manifestación en cada uno de los grados de la existencia; en este último caso, la esencia y la substancia son naturalmente la correspondencia microcósmica de lo que ellas son, desde el punto de vista macrocósmico, para el mundo en el que se sitúa esta manifestación, o, en otros términos, no son más que particularizaciones de los mismos principios relativos, que, ellos mismos, son las determinaciones de la esencia y de la substancia universales en relación a las condiciones del mundo de que se trata.
Entendidas en este sentido relativo, y sobre todo en relación a los seres particulares, la esencia y la substancia son en suma la misma cosa que lo que los filósofos escolásticos han llamado «forma» y «materia»; pero preferimos evitar el empleo de éstos últimos términos, que, a consecuencia sin duda de una imperfección de la lengua latina a este respecto, no traducen sino muy inexactamente las ideas que deben expresar , y que han devenido todavía mucho más equívocas en razón del sentido completamente diferente que las mismas palabras han recibido comúnmente en el lenguaje moderno.
Sea como sea, decir que todo ser manifestado es un compuesto de «forma» y de «materia» equivale a decir que su existencia procede necesariamente a la vez de la esencia y de la substancia, y, por consiguiente, que hay en él algo que corresponde a cada uno de éstos dos principios, de tal suerte que él es como una resultante de su unión, o, para hablar más precisamente, de la acción ejercida por el principio activo o la esencia sobre el principio pasivo o la substancia; y, en la aplicación que se hace de ellos más especialmente en el caso de los seres individuales, esta «forma» y esta «materia» que los constituyen son respectivamente idénticas a lo que la tradición hindú designa como nâma y rûpa.
Ya que estamos señalando estas concordancias entre diferentes terminologías, que pueden tener la ventaja de permitir a algunos transponer nuestras explicaciones a un lenguaje al que están más habituados, y por consiguiente comprenderlas más fácilmente, agregaremos también que lo que se llama «acto» y «potencia», en el sentido aristotélico, corresponde igualmente a la esencia y a la substancia; por lo demás, éstos dos términos son susceptibles de una aplicación más extensa que los de «forma» y de «materia»; pero, en el fondo, decir que hay en todo ser una mezcla de acto y de potencia equivale también a lo mismo, ya que el acto es en él aquello por lo que participa en la esencia, y la potencia aquello por lo que participa en la substancia; el acto puro y la potencia pura no podrían encontrarse en parte ninguna en la manifestación, puesto que, en definitiva, son los equivalentes de la esencia y de la substancia universales.
Bien comprendido eso, podemos hablar de la esencia y de la substancia de nuestro mundo, es decir del que es el dominio del ser individual humano, y diremos que, conformemente a las condiciones que definen propiamente este mundo, estos dos principios aparecen en él respectivamente bajo los aspectos de la cualidad y de la cantidad. Eso puede ya parecer evidente en lo que concierne a la cualidad, puesto que la esencia es en suma la síntesis principal de todos los atributos que pertenecen a un ser y que hacen que este ser sea lo que es, y puesto que atributos o cualidades son en el fondo sinónimos; y se puede destacar que la cualidad, considerada así como el contenido. Estas palabras traducen de una manera bastante poco afortunada los términos griegos empleados en el mismo sentido por Aristóteles, y sobre los cuales tendremos que volver después.
La esencia, si es permisible expresarse así, no está restringida exclusivamente a nuestro mundo, sino que es susceptible de una transposición que universaliza su significación, lo que, por lo demás, no tiene nada de sorprendente desde que ella representa aquí el principio superior; pero, en una tal universalización, la cualidad cesa de ser el correlativo de la cantidad, ya que ésta, por el contrario, está estrictamente ligada a las condiciones especiales de nuestro mundo; por lo demás, desde el punto de vista teológico, ¿no se refiere de algún modo la cualidad a Dios mismo al hablar de sus atributos, mientras que sería manifiestamente inconcebible pretender transportar del mismo modo a Él unas determinaciones cuantitativas cualesquiera? .
Quizás se podría objetar a eso que Aristóteles coloca la cualidad, así como la cantidad, entre las «categorías», que no son más que modos especiales del ser y que no le son coextensivas; pero es que entonces no efectúa la transposición de que acabamos de hablar, y es que, por otra parte, no tiene que hacerlo, puesto que la enumeración de las «categorías» no se refiere más que a nuestro mundo y a sus condiciones, de suerte que la cualidad no puede y no debe tomarse realmente en él más que en el sentido, más inmediato para nosotros en nuestro estado individual, en el que ella se presenta, así como lo hemos dicho desde el comienzo, como un correlativo de la cantidad.
Por otra parte, es interesante destacar que la «forma» de los escolásticos es lo que Aristóteles llama genial, y que esta última palabra se emplea igualmente para designar la «especie», la cual es propiamente una naturaleza o una esencia común a una multitud indefinida de individuos; ahora bien, esta naturaleza es de orden puramente cualitativo, ya que es verdaderamente «innumerable», en el sentido estricto de esta palabra, es decir, independiente de la cantidad, puesto que es indivisible y esta toda entera en cada uno de los individuos que pertenecen a esa especie, de tal suerte que no es afectada o modificada de ninguna manera por el número de éstos, y que tampoco es susceptible de «más» o de «menos».
Además, no en el sentido psicológico de los modernos, sino en un sentido ontológico más próximo del de Platón de lo que se piensa ordinariamente, ya que, cualesquiera que sean las diferencias que existen realmente a este respecto entre la concepción de Platón y la de Aristóteles, estas diferencias, como ocurre frecuentemente, han sido enormemente exageradas por sus discípulos y sus comentadores. Las ideas platónicas son también esencias; Platón muestra sobre todo su aspecto transcendente y Aristóte- Se puede hablar de Brahma saguna o «cualificado», pero no se podría hablar de ninguna manera de Brahmâ «cuantificado».
Desde su aspecto inmanente, lo que no se excluye forzosamente, digan lo que digan de ello los espíritus «sistemáticos», sino que se refiere solo a niveles diferentes; en todo caso, en eso se trata siempre de los «arquetipos» o de los principios esenciales de las cosas, que representan lo que se podría llamar el lado cualitativo de la manifestación. Además, éstas mismas ideas platónicas son, bajo otro nombre, y por una filiación directa, la misma cosa que los números pitagóricos; y eso muestra bien que esos mismos números pitagóricos, así como ya lo hemos indicado precedentemente, aunque se les llama números analógicamente, no son en modo alguno los números en el sentido cuantitativo y ordinario de esta palabra, sino que, antes al contrario, son puramente cualitativos, y corresponden inversamente, del lado de la esencia, a lo que son los números cuantitativos del lado de la substancia.
Por el contrario, cuando Santo Tomás de Aquino dice que «numerus stat ex parte materiæ», es efectivamente del número cuantitativo de lo que se trata, y con eso afirma precisamente que la cantidad tiende inmediatamente al lado substancial de la manifestación; decimos substancial, ya que materia, en el sentido escolástico, no es la «materia» tal como la entienden los físicos modernos, sino la substancia, ya sea en su acepción relativa cuando es puesta en correlación con forma y referida a los seres particulares, ya sea también, cuando se trata de materia prima, como el principio pasivo de la manifestación universal, es decir, la potencialidad pura, que es el equivalente de Prakriti en la doctrina hindú.
No obstante, desde que se trata de «materia», en cualquier sentido que se quiera entender, todo deviene particularmente obscuro y confuso, y sin duda no sin razón ; así, mientras que hemos podido mostrar suficientemente la relación de la cualidad con la esencia sin entrar en largos desarrollos, deberemos extendernos más sobre lo que concierne a la relación de la cantidad con la substancia, ya que nos es menester primero llegar a elucidar los diferentes aspectos bajo los cuales se presenta lo que los Occidentales han llamado «materia», incluso antes de la desviación
Se puede destacar también que el nombre de un ser, en tanto que expresión de su esencia, es propiamente un número, entendido en este mismo sentido cualitativo; y esto establece un lazo estrecho entre la concepción de los números pitagóricos, y por consiguiente la de las ideas platónicas, y el empleo del término sánscrito nâma para designar el lado esencial de un ser. A propósito de la esencia y de la substancia, señalamos también que los escolásticos traducen frecuentemente y literalmente «esencia», lo que contribuye no poco a aumentar la confusión del lenguaje; de ahí expresiones como la de «forma substancial» por ejemplo, que se aplica muy mal a lo que constituye en realidad el lado esencial de un ser, y no su lado substancial.
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