Antes de comenzar esta pequeña exposición, quisiera aclarar que el concepto aquí manejado de derecho divino, no refiere a la idea sustentada desde la antigüedad, acerca del origen divino de la autoridad de los reyes para gobernar, Derecho Divino de los Reyes, “Dieu et mon droit” (Dios y mi Derecho) Ricardo I 1.193, ni a los privilegios del pontificado o al absolutismo.
Me refiero a la libertad inviolable de todo hombre de experimentar y ejercer dentro de sí mismo el “derecho superior a la iluminación”, el gozo divino de la realización espiritual, es decir, el estado de consciencia de unificación con la felicidad suprema, gracias a su propio impulso y deber humano de conseguirla y propiciársela.
Según los grandes Maestros Guías Espirituales, el derecho a nacer y habitar este plano (que no el premio, o el fruto), viene adquirido de forma extraordinaria, por la consciencia en evolución del mismo individuo, después de haber ejecutado cadenas de acciones y deberes en manifestaciones anteriores, ley del karma. En este mundo dual, el hombre libra dentro de sí la batalla de sus dos naturalezas a saber, humana y divina.
Esto ha sido ilustrado en todas las culturas, con historias bíblicas como la de Caín y Abel, o védicas como la de los Pandavas y Kuravas, que no refieren exactamente al bueno y al malo, sino al hombre como un ser de proveniencia cósmica o Padre divino, y su crecimiento en esta Madre Tierra como naturaleza humana. Esta idea tiene notable presencia en la mitología griega. Es decir, dentro del hombre habita por un lado el ego, en conexión con los instintos, que reclama recibir, que trata de imponer desde la oscuridad sus “derechos” individuales, personales, o territoriales y, por otra parte, el Yo superior, en conexión con el Ser, que siente el pulso de la luz y el impulso a la iluminación, y siente la necesidad profunda y el deber de dar. Ambos son dos aspectos de una misma persona.
El deber humano, de cuidar la atmósfera, el agua, la tierra, las plantas y los animales, nos da el derecho de vivir y compartir con ellos este planeta, al cual llegamos a habitar de últimos. El cuido y resguardo de la propia individualidad, los hijos, la familia, el pueblo, la tierra se debiera manifestar como una acción natural generalizada del amor y la voluntad, que llevaría al entendimiento, la convivencia pacífica, el trabajo y el progreso, como se expresó en 1789 en la Revolución Francesa “Liberté, égalité, fraternité”.
Sin embargo, el hombre rompe constantemente este equilibrio social con patrones de dominio y usurpación, adquiridos desde las eras de la sobrevivencia.
El humano se impone con especismo y cree que tiene el derecho de decidir sobre la vida de las demás especies habitantes del planeta. El hombre cría, alimenta, encarcela y acorrala enormes cantidades de animales para sacrificarles inútilmente con el único fin de mantener a la población adicta a un sistema de alimentación carnívoro primitivo, que no es natural en el diseño del sistema orgánico del ser humano evolucionado, y que se ha desarrollado solo con el fin de lucrarse, causando de esta forma un tremendo desequilibrio ecológico, de tal magnitud, que pone en riesgo la vida del planeta entero.
En ese estado de desarmonía, producto del reino del ego, el hombre se cree de igual forma con el poder de trasgredir los derechos de los demás individuos, de disponer de la vida de otros seres humanos que no se acoplen a sus voluntades, o en el mejor de los casos, no sabe cómo solucionar o no ha buscado la forma inteligente y efectiva de resolver la rivalidad de criterios más que con la violencia, la imposición y la guerra, o la desadaptación social más que con la cárcel, la tortura o la pena de muerte.
Si todas las madres actuaran desde el amor y pensaran más que en sí mismas, en el hermoso deber de proteger al ser humano que ellas decidieron concebir, que la vida les cruzó en el camino o, dicho en otras palabras, les fue encomendado, jamás habría alguna de ellas defendiendo “su derecho” a disponer y abortar esa vida que crece en su vientre. O si las personas entendieran que ninguna ley natural puede ser distorsionada y acomodada a antojo por un desbalance físico, emocional o mental, la humanidad no arriesgara su perpetuidad tratando de imponer derechos de comunidades a coexistir normalizando lo irregular, o lo que es peor aún, inducir a otros a asumirlo. Si se cumpliera con el deber de la educación de la consciencia, jamás nadie se sentiría capaz de disponer de su propia vida o la de otros, practicando la tortura y el ajusticiamiento, o se intentara el suicidio o el homicidio en todas las categorías en que se ha presentado.
Se ha luchado loablemente por defender los derechos frente al usurpador, pero no se lucha por liberarse de la opresión de nuestra propia ignorancia. He aquí el error de la ecuación. Lo que sucede en el mundo exterior, es reflejo de lo que acontece en el mundo interno. Éstos son tiempos de accionar desde otro punto de vista y por fin declarar los deberes humanos: “AMAR, SENTIR, SERVIR”.
Es la voluntad del amor, la que, de forma natural, hace al hombre responsable su propio desarrollo de consciencia, su DEBER HUMANO de conocerse internamente y de cumplir con la tarea de producir Luz, para ocupar, en su fractalidad, el papel que le corresponde en el universo y lograr el DERECHO DIVINO de la ascensión evolutiva a los planos superiores.






“AMAR, SENTIR, SERVIR”, así es! Gratitud por entregarnos tanta sabiduría todo el año y por concluir este 2023 con supremos mensajes de reflexión y amor. Me quedo con todo y con esta verdad, «Lo que sucede en el mundo exterior, es reflejo de lo que acontece en el mundo interno». Y a seguir con mi misión interna de ir y estar en la luz, guiando a mi hija desde el amor. Bendecido presente equipo.