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Consciencia

EL DECLIVE DEL HOMO OLYMPICUS

Ramón Navarro | SKY Venezuela · 25 de julio de 2024 · 6 min de lectura

EL DECLIVE DEL HOMO OLYMPICUS

Una ronda más. Una olimpiada más. Una vuelta de tuerca más al hemisferio de las grandes emociones deportivas. Ahora que asistimos a las XXXIII edición de los Juegos Olímpicos París, 2024, (26 de julio-11 de agosto) es pertinente sumergirnos en las esencialidades que definen y explican, buena parte, que no toda, la trayectoria de un evento que nació, ni siquiera como actividad deportiva, sino como un sínodo de narcisismo extremo, vale decir, un concurso de belleza física, culto al cuerpo, a la materia, la prakriti como una expresión del alma. Todo apalancado con la experiencia religiosa. El santuario de Olimpia como el cajón agonístico imperecedero. O, ¿acaso nos hemos olvidado de Olimpia?

Demos el salto hasta Atenas, 1896. La resurrección. Atrás ha quedado el retablo que le dio vida a uno de las reuniones más sagradas de la civilización, que hizo un recorrido con los altibajos propios de los intereses de la época; desde el 776 a.C. hasta el 393 d.C. Las formas allí vividas, es decir, las formas de saber ganar y saber perder, el decoro y rivalidad, la entrega hacia esa atmósfera espiritual peculiar, con su paz, con su poderoso plenilunio, con su fervor por la admiración de todo el ritual, la magia. La conjunción.

Afluencias de peregrinos y el carácter religioso que modulaba las energías del santuario, porque Olimpia ya no era una ciudad, incluso en la antigüedad: Olimpia era el templo de la devoción por el agón. El ámbito de las muertes y nacimientos simbólicos. Esos juegos de la antigua Grecia no eran los únicos juegos, pero sí fueron los únicos que se celebraban por lo alto, mirando siempre al infinito, modélica en su programa competitivo -carreras de caballos, pruebas atléticas, el pancracio, boxeo- al punto de influir sobre las otras.

Grecia ardía por los cuatro costados con su panhelenismo deportivo. Si los Olímpicos estaban consagrados a Zeus, en Delfos también se elevaba otra manifestación, los Juegos Píticos, en honor al dios Apolo, con sede, allá al pie del Monte Parnaso. Más allá, o más acá, se veía y oía la algarabía en los Juegos Ístmicos, en el territorio que une a la Grecia continental con el Peloponeso. Sí, en el istmo de Corinto era la cosa. Con su impresionante santuario dedicado nada menos que a Poseidón, el dios de los mares, agitador de la Tierra, con su telúrico tridente.

Los Juegos Nemeos (honra a Zeus y a Heracles) están inscritos, desde luego, en los Juegos Panhelénicos, y forma la cuarteta principal de contiendas junto con los Olímpicos, Píticos e Ístmicos. Estaba coordinados de tal manera, que las olimpiadas- periodo de cuatro años- se iniciaba con los Olímpico, en el segundo año, en meses diferentes, se celebraban los Nemeos y los Ístmicos, luego los Píticos y cerraba, al cuarto año, nuevamente los Nemeos e Ístmicos.  

Es notorio que los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia se celebraron por más de mil años, hasta que el Edicto de Tesalónica, decretado por el emperador romano Teodosio I, trastocó su recorrido. Llamado también Teodosio El Grande, fue quien prohibió los ritos paganos. El mencionado edicto decretaba al cristianismo como religión oficial. Hay otros aspectos que amorataron y enterraron el corpus de los Olímpicos, como la presencia de los romanos a la cita, la pérdida de la autonomía griega y otras formas de corrupción.

Van apenas 128 años de Juegos Olímpicos contemporáneos, 33 ediciones, Atenas 1896 a París 2024 -¿quién piensa en que estos impulsados por Pierre de Coubertin pueden tan siquiera llegar a los 500 años?-  y nada más alejado de aquella religiosidad, de las coronas de laurel, el honor, la gloria, de las odas de Píndaro, de las cintas de lana, de los agones, y otras manifestaciones auténticas que propugnaban el areté como condición esencial para pensar y actuar con virtud. No era un ser cualquiera, era un ser con conciencia de asceta. Dietas rigurosas y abstinencia sexual, por ejemplo.

No es que uno exija el mismo patrón panhelénico, antes del arribo romano, o la réplica exacta de las creencias, de un estado místico, de un cosmos litúrgico de las magnitudes paganas que envolvieron a las citas deportivas de Grecia, pero lo que vemos hoy da para concluir dos cosas: la primera, es muy patente el declive del hombre olímpico, la ausencia del competidor en estado de gracia, y dos, los Juegos Olímpicos, su decantación por ley a una humanidad urgida de solemnidad deportiva, no se ha concretado.

El deportista de hoy obedece a otros postulados, a otras realidades, a un consorcio glocal, donde lo global y lo local se permutan y emerge la imagen de un héroe dislocado por su propia celebridad. Y sí, del mitos al logos, ha saltado la antorcha olímpica, pero no de un relato mítico, como estructura arquetipal, a un pensamiento lógico-filosófico como sostén de la razón. El heraldo olímpico, ese que salió con el mensaje humanitario, luego de la prohibición de los juegos en el siglo IV d.C. se extravió en el cosmos.  

Hoy, los atletas con su triunfo, no logran la elevación espiritual que manaba de las almas griegas, magníficas circunstancias, contrarias a las pulsiones romanas, cuyo advenimiento generó una transformación progresiva del carácter original de la reunión deportiva. El imperio dominante -Oh Nerón, cuánta villanía- sembró la propaganda política, la trampa, el cambio de mentalidad, el gusto público, y la tendencia a conmoverse por determinadas gestas.

Por lo que París 2024, así como todas las citas que la precedieron desde Atenas, tiene más de Roma que de Grecia. Hay en el firmamento pseudo-olímpico algo que pulveriza la magia y hace que observemos más al cielo, a ver si notamos la llegada del mensajero de la luz, con noticias olímpicas, aunque es comprensible que se le hayan anticipado: la celebración en el 2025, de los Juegos Olímpicos de eSports (deportes electrónicos).

Ni viejas ni nuevas habilidades y destrezas, en la contumacia digital, solo un culto más para la solemne distracción. Aun así, Píndaro seguirá aguardando, con su pluma, la gracia divina del esfuerzo humano.

Fuentes consultadas:
Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. Vizuete Carrizosa, Manuel. 2021.
Foto: https://okdiario.com/img/2021/05/21/olimpiadas.jpeg

3 comentarios

  • Ana

    26 de julio de 2024

    totalmente de acuerdo, los juegos olímpicos se han «dispersado» en su esencia incluso con los nuevos deportes que han incluído,,,,

  • Vero

    28 de julio de 2024

    Muchas gracias! Qué hermoso e ilustrador escrito, me transportó a esa realidad olímpica que duró casi un milenio, pura, de origen solemne y que buscaba la elevación espiritual a través de la reunión deportiva.

  • Adolfo Peña

    2 de agosto de 2024

    excelente artículo que nos muestra el decaer olímpico y su tergiversación al tributo egoico y mercantilista.

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