En uno de sus varios análisis el reconocido estudioso de la consciencia, Ken Wilber explica que cuando se busca al verdadero yo, lo que se encuentra son objetos de percepción y el espacio entre sujeto y objeto está ausente en la subjetividad absoluta. El escritor cita a Ramana Maharashi cuando mencionó “la idea de que el observador se diferencia de lo observado reside en la mente (es decir, el pensamiento). Para quienes residen permanentemente en (la subjetividad absoluta) el observador es lo mismo que lo observado”. Resumiendo, la subjetividad absoluta es una con su universo de conocimiento, de modo que, en realidad, uno es lo que observa.
TIEMPO/ETERNIDAD
ESPACIO/INFINIDAD
La realidad es un nivel de la conciencia, el de la Mente no dual, que contiene conceptos todavía no asimilados. Dada su ausencia de elaboración conceptual, se presta a numerosas descripciones analógicas o negativas, sin que exista forma alguna de describirla plenamente. Así pues, el Dharmadhatu, el Tao, la cabeza divina, Brahma y el vacío son intentos de transmitir la realidad tal como es, yathabhutam, en su «taleza», su tathata, y no como se la enuncia; en la forma en que se experimenta en su pureza, después de «haber limpiado las puertas de la percepción» de toda fabricación intelectual, y no en la forma que la relatan-distorsionan los procesos mentales simbólicos. Ahora bien, al hablar de la realidad como conciencia no dual, la mayoría nos formamos ideas de la conciencia como algo vinculado a la subjetividad. Es decir, nos parece que la conciencia no pertenece a «objetos» como esta página, sino a nosotros mismos como sujetos supuestamente «conscientes» de la misma.
Esto, por supuesto, es profundamente dualista. Pero dado que la conciencia es realidad y la realidad, en efecto, es no dual, sería mucho más exacto pensar en la conciencia, no como sujeto relativo que se enfrenta a los objetos, sino como subjetividad absoluta por encima del dualismo sujeto/ objeto. La conciencia, como subjetividad absoluta, no pertenece al sujeto ni al objeto, sino que los abarca a ambos. En este sentido, la realidad absoluta es la subjetividad absoluta. El teólogo Berdyaev aclara:
El espíritu no es nunca un objeto, ni la realidad espiritual objetiva. En el llamado mundo objetivo no existe tal naturaleza, cosa, ni realidad objetiva como el espíritu. Por consiguiente, es fácil negar la realidad del espíritu. Dios es espíritu porque no es objeto, porque es sujeto… En la objetivación no existen realidades primarias, sino sólo símbolos. El espíritu objetivo es un mero simbolismo del espíritu. El espíritu (sujeto absoluto) es realista, mientras que la cultura y la vida social son simbólicas. En el objeto no hay nunca realidad alguna, sino sólo el símbolo de la realidad. Sólo el sujeto tiene realidad.
Esta subjetividad absoluta no es el sujeto del ego, como en el dualismo sujeto/objeto. Se denomina sujeto sólo porque insinúa que la realidad se encuentra en lo que ahora parece ser la dirección que denominamos interna, subjetiva, hacia el propio centro de nuestro ser, un centro tan hondo y profundo que es también el centro de Dios. Pero cuando lo alcanzamos descubrimos que no contiene dualismo alguno, ni el de sujeto/objeto, ni el de dentro/fuera. He ahí la unión del cielo y del infierno, y el fracaso de nuestro lenguaje dualista, «cuando uno no puede hablar y por tanto debe guardar silencio».
En el umbral de la más recóndita y definitiva de las profundidades, nos enfrentamos a la revelación de que nuestra experiencia está contenida en las profundidades de la misma vida divina. Pero en dicho nivel reina el silencio, ya que no existe lenguaje ni concepto humano capaz de expresar la experiencia. Ésta es la esfera apopática de contradicciones irreconciliables que confunden el pensamiento humano. Éste es el último reino de espiritualidad libre y purificada que ningún sistema monista es capaz de definir. En este lado queda el dualismo, la tragedia, el conflicto, el diálogo del hombre con Dios, el mundo plural enfrentado a la unidad. No es descartando el principio de personalidad como se puede alcanzar la unidad divina absoluta, sino explorando las profundidades espirituales de la personalidad, antinómicamente vinculada a la unidad.
Esta es la razón por la que Tillich sugirió otorgar a la palabra Dios el significado de «profundidad» y esa «profundidad» es exactamente la subjetividad absoluta, o testigo que yace en cada uno de nosotros, que no se identifica con el sujeto ni con el objeto, sino que paradójicamente incluye a los dos. Sri Ramana Maharashi lo describe como sigue:
Dado que el yo, que es pura conciencia, tiene cognoscencia de todo, es el último observador (subjetividad absoluta). Todo lo demás: ego, mente, cuerpo, etcétera, no son más que sus objetos: por consiguiente, cada uno de ellos, a excepción de) yo o conciencia pura, es un mero objeto exteriorizado y no puede ser el verdadero observador. Dado que el yo no puede ser objetivizado, al no poder ser conocido por otra cosa, y dado que el yo es el observador que ve todo lo demás, la relación sujeto/objeto y la aparente subjetividad del yo sólo existen en el plano de la relatividad y desaparecen en lo absoluto. En verdad no existe más que el yo, que no es observador ni observado, ni está involucrado como sujeto ni como objeto.
Éste es un punto extraordinariamente importante, al que volveremos una y otra vez, ya que forma un vínculo sumamente crítico en nuestra perpetua generación del dualismo, como consecuencia del cual «el hombre se instala en su propia sombra y se pregunta por qué es oscuro». Todo el mundo tiene habitualmente la sensación de que su ego, su yo, es el sujeto de sus experiencias, sensaciones y pensamientos, que su yo subjetivo percibe de algún modo el mundo exterior, que su yo subjetivo está leyendo ahora las palabras de esta página, y lo expresa diciendo: «Soy consciente de mí mismo leyendo». Sin embargo, el hecho de que algo en mí sea capaz de contemplar mi yo subjetivo, es decir, el hecho de que en estos momentos exista en mí un concienciamiento de mi «yo» leyendo esta página, debería mostrarme claramente que mi yo supuestamente subjetivo es en realidad un objeto del concienciamiento. No es en absoluto un sujeto real, ya que puede ser percibido objetivamente. Ahora bien, ¿qué es lo que hay «en» mí, que es consciente de mi yo leyendo esta página? Hemos visto, en relación con el Yogacara, que no puede tratarse simplemente de otro yo «subjetivo», ya que ¿qué sería entonces consciente de dicho yo? ¿Otro yo? No. Pero ¿«qué» hay en mí que mira, ve, lee, oye y piensa? No puede ser mi ego/yo subjetivo quien mira, ya que es susceptible de ser visto, y como declara Huang Po, «permitid que os recuerde que lo percibido no puede percibir», o en otras palabras, que mi «yo», puesto que es susceptible de ser percibido, no puede ser quien percibe. Pero ¿qué es en mí lo que percibe? «Existe en el interior de uno mismo aquello que sabe…», dice Hui-Heng, pero ¿de qué se trata? El maestro de Zen Bassui pregunta:
Mi cuerpo es como un fantasma, como burbujas en un riachuelo. Mi mente, mirando al interior de sí misma, es tan carente de forma como el vacío; sin embargo, en algún lugar de su interior se perciben sonidos. ¿Quién oye?
A continuación sugiere una respuesta:
Para conocer este sujeto uno debe sondear en las profundidades de sí mismo, aquí y ahora, preguntándose: «¿Qué es lo que piensa en el bien y en el mal, que ve y que oye?». Si uno se formula profundamente esta pregunta, será con toda seguridad iluminado. Quien se ilumina a sí mismo, se convierte inmediatamente en un buda. La mente que los budas perciben en su iluminación es la Mente de todos los seres sensibles… Dicha Mente, al igual que el espacio, lo abarca todo. No comienza a existir con la creación de nuestro cuerpo, ni perece con su desintegración. Aunque invisible, impregna nuestro cuerpo , y todo acto de la vista, el oído, el olfato, el habla, o el movimiento de las manos y las piernas es simplemente la actividad de esta Mente.
Shankara amplía esta subjetividad absoluta:
Ahora os hablaré de la naturaleza de este testigo absoluto. Si lo reconocéis, os libraréis del yugo de la ignorancia y alcanzaréis la liberación. Hay una realidad autoexistente, que es la base de la conciencia de nuestro ego. Esa realidad es el testigo de los estados de conciencia egoica y de las coberturas corporales. Esa realidad es lo conocedor en todos los estados de la conciencia: caminar, soñar y dormir sin sueños. Es consciente de la presencia o ausencia de la mente y de sus funciones. Es nuestro auténtico yo. Dicha realidad colma el universo, pero nadie la penetra. Sólo ella resplandece. El universo brilla con la luz que se refleja de ella. Debido a su presencia, el cuerpo, los sentidos, la mente y el intelecto desempeñan sus funciones respectivas, como si obedecieran sus órdenes. Su naturaleza es la Mente eterna. Lo sabe todo, desde el ego hasta el cuerpo. Es la conocedora del placer y del doloT y de los objetos del sentido. Éste es vuestro auténtico yo, el ser supremo, el anciano. Nunca deja de experimentar una alegría infinita. Es siempre el mismo. Es la propia Mente.





