Si por cada vuelta que da la Tierra, en cuales quiera de sus movimientos, esta marcara un índice de evolución en los seres que la pueblan, hoy seríamos un referente cósmico, y no tanto presa de la oscuridad, con los conflictos a cuestas, y un diseño de conducta alejada de todo regocijo espiritual. Imaginar algunas veces cuesta, porque lo que es posible, lo planificado por las leyes universales, en especial, la Ley del Amor, si no se ejecuta, el planeta es menos que un átomo, orbitando en una vulgar condena estelar, con el mismo agarre imperecedero al que fue sentenciado Sísifo.
La estela de malformaciones es evidente, y no es difícil elaborar una antología de los episodios más escabrosos e indignos que ha protagonizado el hombre contra sí mismo desde que mora en la Tierra. La huida hacia su propia destrucción es un tema frecuente, que inquieta por el implacable impacto que ocasione en su campo electromagnético. La confusión y el abuso de poder que hallamos en todas las direcciones, y en todo tipo de manifestaciones, llámese individuales, colectivas, corporativas, regionales, de Estados, semeja a todo en un manual de destructividad humana, que tiene al mundo encendido, con un silencio y una soledad asombrosos.
Y es que, cómo no comparar esa degradación humana, con los ismos que de manera convincente dejó permear Dostoyevski en su novela Los demonios, y qué eran estos sino, apartando los ángeles caídos, a los espíritus imperfectos, un complejo y abundante manual de las deformidades del sistema. A eso añadimos la patología de la indiferencia global.
Ahora, domina un silencio institucionalizado, porque no basta que las instancias oficiales sepan de los excesos y barbaridades de algunos regímenes, y las otras consecuentes calamidades administradas por individualidades, que miran sin ver, sino que esa discrecionalidad sospechosa de los entes es definitivamente artera, de un cálculo que ratifica una especie de actitud desleal con la humanidad.
Sobre la soledad, esta se capta a través de la resistencia interna que hace la ciudadanía para aminorar los daños. No hay país que no exhibe una tensión. Energías que apuestan a una rebeldía fundamentada en la búsqueda de la libertad. ¿Por qué seguimos en este siglo XXI luchando por derechos ya conquistados? ¿Qué hemos dejado de hacer para que el ostracismo sea quien perfile el horizonte de nuestros anhelos?
Todos sabemos lo que ha pasado, y todos sabemos lo que seguirá intensificándose sino somos capaces de ampararnos en el discernimiento, en las buenas acciones, en el acto de comprender y aceptar a otro. La compasión es una cualidad determinante. Somos universales y las relaciones con el otro evitan esa hermosa posibilidad de convivencia.
Las diferencias son para procesarlas, y mutarlas en función de una vida que fortalezca cada vez más nuestro interior. Las oleadas de vidas que alimentan los corredores energéticos del planeta se movilizan bajo sus propias circunstancias kármicas, y no podemos concluir que la miseria lidera aquel espectáculo de la existencia. Algunas veces las paradojas definen los ritmos y los objetivos.
Optimismos apartes, la situación es grave, pero hay un inmenso espacio para movilizarnos en luz. Por más separación, discordias, enfrentamientos, que haya en nuestro planeta, por más énfasis que exista en las crueldades humanas, por más confusión que haya, siempre reinará el amor, y no se trata de una exageración, es la naturaleza del reino, la actitud de cosmos -el universo es un Ser- el que impone su ley.
Fractal somos, y fractal iluminado.





