Al fin se rompió el jarrón. Era el nombre de una anécdota con la que crecí. Una familia tenía un jarrón chino, de gran valor, y cada vez que había invitaciones en casa, o llegaba la familia, la señora del hogar se pasaba la tarde entera pidiendo a todos que tengan cuidado que se va a romper el jarrón. Hasta que un buen día, el nieto más pequeño, de un solo pelotazo, lanzó el jarrón por los aires y se rompió.
Y la señora grito con voz aliviada: al fin se rompió el jarrón.
¿Será que puedo decir lo mismo? Y al fin di positivo.
Y no lo creo. No lo siento así.
A partir de ese instante, la cascada de pensamientos sobre el número de probabilidades de eventos, no cesan. El tema no termina en el momento que damos positivo a la prueba del famoso y tan odiado hisopado nasofaríngeo para el SARS Covid 19.
Sin embargo, cuántos de nosotros no nos hemos hecho la pregunta de ¿cómo será el día en que salga positivo? Y como si nuestro sistema físico nos resultara extraño, del que no tenemos registro alguno de su pasado, nos sentamos a elucubrar; cómo reaccionará frente al ingreso del virus. Sabiendo también que existen algunos que ni cosquillas les hará.
Esa noche, energéticamente particular, no pude dormir, un campo mental inquieto e invadido de imágenes poco frecuentes y comunes. Amanecí con la certeza de que el virus había entrado en mi sistema. Me fui a hacer el test y salió positivo. Y es desde ahí que una secuencia irreversible de pensamientos empieza a brotar de todos los rincones de la mente.
A lo largo de estos casi 2 años me he hecho las tan aclamadas pruebas tantas veces, que si rápidas, que si no tan rápidas, que si con saliva, con el hisopo que ingresa hasta lo más profundo de los pensamientos, con pinchazo, en fin, pruebas de toda índole, para saber si somos positivos.
Y es que es así, es la aparición de esa palabra positivo. Una palabra que puede llevar de forma natural otra carga, sin embargo, al día de hoy decir: estoy o salí positivo es sinónimo de que lleva uno encima el mal del siglo XXI.
Se han escrito cientos de artículos de cómo curarse, cómo prevenirlo, cómo no quedar disminuido luego de su paso por el cuerpo y principalmente se dice que 2 de cada 4 conversaciones en el mundo tienen relación al temido coronavirus. Ha sucedido de todo. Globalmente pasamos ya por un confinamiento de 90 días, en donde cada grupo de humanos lo experimentó de tantas variadas formas.
Unos dicen que fueron la naturaleza y los animales silvestres los grandes ganadores (difícil creerlo y menos aun estar de acuerdo), ya salimos de nuevo al mundo, ya fingimos que todo estaba medianamente normal e intentamos que la vida cotidiana se sienta más cómoda dentro de lo que se llamó “la nueva normalidad”. Y ahora, henos aquí, la mayor parte del planeta positivo, encerrados parcialmente a voluntad y con una nueva variante que vino a poner al planeta patas arriba otra vez. En realidad, al humano y no patas arriba sino horizontal.
El ser humano se debate en esta existencia entre dos variables que definen su paso por la Tierra; el tiempo y el espacio. Si hablamos del coronavirus y la variable tiempo, podemos notar que el tiempo ha transcurrido a otra velocidad. Todo parece ser mas acelerado y el devenir del tiempo depende si tengo o no tengo coronavirus. Las consabidas preguntas: ¿hasta cuándo debo estar encerrada? ¿Cuándo podré volver a trabajar? ¿Cuánto dinero dejaré de producir? ¿Tendré trabajo después de esto? ¿A cuántas personas he contagiado? Y no podría faltar, la famosa ¿Quién me habré contagiado?
Tiempo, tiempo, tiempo. ¿Y qué voy a hacer con ese tiempo en el que estaré sola conmigo por al menos 10 días? Unos entran en la angustia de no sentirse cómodo de estar consigo. Otros en la vorágine de conectarse 24/7 a lo que sea que el internet ofrezca. Pocos decidirán tomar ventaja de este tiempo suspendido en el tiempo.
Hay quienes, debido al virus, han partido de este plano de una forma acelerada. Otros han pasado meses en coma inducido, conectados a un ventilador sin saber a dónde se les fue el tiempo. Sin recordarlo. ¿Y, usted, querido lector, cierre sus ojos por un momento y piense, qué paso con su tiempo desde que el virus apareció sobre la faz de la tierra oficialmente un 17 de noviembre del 2019?
Y es que, en estos últimos 10 días, el tiempo se detuvo y el espacio se redujo, el sentir es diferente, hay temor y poca energía, hay malestar y hay esperanza, hay tantas interrogantes internas de todo tipo.
El resultado de la prueba llegó por Whatsapp y decía: positivo. Cuántas veces he pensado en que ese momento llegaría. Y en ese instante todo se detiene. Por unas milésimas todo se detiene para enseguida retomar el apabullante movimiento de todo cuanto es en estos planos dimensionales del movimiento y la acción. Y uno se queda ahí con la cara congelada de: ¿y ahora? Diosito no me lleves.
¿El espacio? ¿Y que hay con eso? Hemos sido millones los seres que nos vemos confinados a nuestras habitaciones, no todas con las mismas particularidades. Caminamos recorriendo cada espacio de esta habitación, de este lugar tan propio, tan de uno. ¿Qué pensamientos nos habitan mientras estamos así? Espacios limitados con un gran numero de personas ahí. Espacios enormes donde este uno solo ahí. ¿Qué sensaciones nos llegan? ¿Encarcelados? No necesariamente.
Sin embargo, para algunas personas ha sido así. Llanto y desesperación por no poder salir del cuarto. ¿Libres al fin? Comida servida a la puerta. Sin contacto. Si es que la hay. Que si la saturación a cada momento, que si la temperatura, se siente como una bomba de tiempo que en cualquier momento se activa, de que la cosa se complicó y uno debe ir al hospital.
De terror. Han sido 5, 7 o 10 días reducida a un espacio, y a un tiempo fuera de este mundo. Y en muchos casos los contagiados no han podido descansar ni confinarse ya que no es una opción posible dentro de la vida que se construyó. Salir a trabajar y pensar que el virus no existe mientras es esparcido y compartido con cada persona que se cruza en el camino de uno.
Tal vez usted pueda relacionarse con este escrito si es que pertenece al grupo de los positivo. Poder contarse entre el grupo de aquellos en los que este virus pasó sin dejar mayor huella. O de aquellos que no están porque este virus fue desgarrador y letal.
No es mi caso. A través del sendero sabe uno que toda circunstancia es vivible. Que masivamente no nos identificamos con nada. Ningún instante nos define. Toda prueba es superable. Miedo, jamás. Drama, ninguno. Sabemos que energéticamente no seremos los mismos luego de habernos contagiado. Queda sostenerse en la templanza ganada y las herramientas dadas para que el espacio tiempo de estos instantes planetarios sean en Luz y acción consciente. Más allá de cualquier evento físico uno es la conciencia lograda.
Y la asistencia es completa.
Expresar nuestros anhelos para que, pase lo pase, sepamos seguir, sepamos vivir y si corresponde, sepamos morir.






¡Me encantó y me conmovió!
Un testimonio rebelador/revelador.
Gracias Ish.