La vida sucede y se circunscribe al tiempo como determinante junto con el espacio, de matrices o escenarios disponibles para la acción. ¿De ser así, para qué nos alcanzará la vida? Y la repuesta es tan diversa como almas en este plano de experimentación que transcurren en un continuo, con escaso sentido y consistencia, para la mayoría.
Los planos evolutivos donde tiempo, espacio y movimiento son cualidades inherentes a las condiciones a la que estamos sujetos, nos plantea un horizonte de sucesos infinito en posibilidades que parten del presente ante un sinfín de futuribles que por ley universal conllevan un rastro como efecto o consecuencias relacionadas con el tipo de acción realizada.
Es incuestionable que hay un tiempo dado para el alma durante sus tránsitos de vida y no hay certeza de cuánto es, ante lo que correspondería una actitud y disposición cada vez más consciente en el presente; por ser el instante que marca el punto de proyección y el único posible para la acción.
Cada día a su vez sujeto a los ciclos circadianos, nos da cuenta del marcaje que el movimiento de la tierra y del sol nos acercan orgánicamente con los cajones del tiempo divididos en años, meses, días, horas, minutos y segundos. Estos indican la rutina bajo la cual cada momento asignado en el día se destina para hacer cada cosa desde que nos despertamos hasta que volvemos al reposo.
Se dice que el tiempo del cual trata la física hoy día, se expresó a partir del Bing Bang, dando origen al universo creado. Y bajo una definición común, se explica como una magnitud física que permite medir la duración de los acontecimientos y su grado de separación.
Este aspecto o magnitud como le podemos llamar ha conducido al hombre por milenios hacia profundas reflexiones en búsqueda de respuestas, propiciando aproximaciones desde la ciencia y la filosofía, siendo una muy significativa la mirada circular expresada en la rueda del tiempo que reproduce edades incesantemente. En contraste con otras miradas que asumen el tiempo de manera lineal, con un principio y un fin.
Es un hilo que teje todo de forma tan fascinante que nos deja perplejos al intentar comprender siquiera lo que esto abarca. Y en esta intención uno de tantos autores que quiso ofrendarnos algo de la verdad que fue encontrando es Michael Ende cuando en su obra Momo consigue un manifiesto hermoso sobre el tiempo: “Todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero, por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir.”
Al percibir con el corazón se vive desde una conexión con el pulso del cosmos que late en nosotros movilizando nuestra certeza de sabernos conscientes y activos bajo inmensurables fuerzas decantadas en voluntad y verdad logradas en nuestros plenos sentidos de conexión y percepción.
Que nuestra vida nos alcance entonces para disfrutar de muchos arco iris junto al canto de los pájaros y hacernos presentes desde un corazón que la vive plena y gratamente, con menos miedo y más certeza de sabernos en la constante exacta del Ser.






Me encanta esta sección.
Guarda tesoros de sabiduría popular.
¡Gracias!