En su esencia, el ser humano es espiritual, aunque esta realidad se haya diluido en medio de las prácticas religiosas impuestas por los sistemas sociales dominantes. La espiritualidad viene desde adentro, es una especie de fuerza interna que dinamiza las dimensiones del ser humano para encontrar ese estado de felicidad y equilibrio que aporta a su condición interna de encuentro.
No obstante, los estados-naciones configuran la felicidad sobre la base de lo material, sobre una cultura del consumo que genera una cantidad de neurosis colectivas que atentan contra la estabilidad del ser humano. Al ser programas kármicos, profundamente arraigados, la idea de un modelo de vida que sume tiempo evolutivo para el cambio, es visto como una utopía.
La religión busca externalizar dichas manifestaciones, principios y creencias. Un ejemplo concreto lo observamos en el cristianismo, entre otros, su aporte central está en su legado de dolor, sacrificio y programación de salvación externa, pues es usual encontrar seguidores del Cristianismo que afirman que la espiritualidad es un aspecto exclusivamente del espíritu, por lo tanto, se opone de manera directa a la materia, a “lo que genera goce, al disfrute de la vida, a los sentidos, a las sensaciones, en otras palabras, a aquellos detalles que también contribuyen para la felicidad humana…
Esa visión que encierra a la espiritualidad en un espacio ajeno no solo a la materialidad sino también a su impacto en la esfera individual y social, es limitado y muy conveniente para un sistema que ha diseñado una ideología de progreso a partir del surgimiento de la ciencia, el pensamiento racional, de la globalización, la minimización de la dimensión social y sobretodo acentuando la dualidad.
¿Se Puede desde la espiritualidad generar cambios sociales? Hemos venido experimentando en las nuevas formas espirituales, nuevas en el sentido de su emergencia pues hunden sus raíces en prácticas y conocimientos muy antiguos: el cuestionamiento a las ortodoxias religiosas y científicas; la especial y profunda implicación de las mujeres; la lucha por generar una regulación y reconocimiento institucionales de los saberes; el enfoque espiritual para abordar las crisis individuales y sociales; la confluencia en el ámbito de la salud psico-física, el bienestar y el gran impacto sobre la transformación personal y colectiva.
El desarrollo de la espiritualidad tiene mucho que ofrecer ante una nueva visión del mundo que nos lleve a superar los dualismos. Es por ello, que la espiritualidad es fundamental para generar cambios sociales desde una evolución de la consciencia humana a favor de la importancia de estar bien con uno mismo, tomar la responsabilidad y las riendas de tu vida, salir del patrón de víctima, y desde una dimensión social que contemple la diversidad cultural, la equidad junto con la armonía y el respeto al ambiente.
Podríamos proponer en la dimensión espiritual del cambio social, el centro de una fuerza cuyo origen sea el amor y la compasión, que aporte a la solución de los conflictos sociales desde una visión que nos permita distinguir los aspectos comunes a nivel social e individual.
Nuestra potencialidad de crear un mundo mejor es posible. Karen Armstrong, escritora británica, especialista en religión comparada, en su “Carta por la compasión”, destaca que necesitamos urgentemente hacer que “la compasión sea una fuerza clara, luminosa y dinámica en nuestro mundo polarizado. Enraizada en la determinación de principios que trasciende el egoísmo, la compasión puede romper los límites políticos, dogmáticos, ideológicos y religiosos”.
El fin último es comprender la espiritualidad como un medio de desarrollo humano.
Fuentes consultadas: http://www.scielo.org.co/pdf/cteo/v42n98/v42n98a09.pdf.pag. 466, https://congresoantropologiavalencia.com/wp-content/uploads/2017/09/XIV-Congreso-Antropologia-PRE-PRINT.pdf. Pág. 1111. https://cartadelatierra.org/la-carta-para-la-compasion-un-llamado-para-reunir-al-mundo. Freepik






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