EXPEDIENTES E.T | Archivos, memorias y tránsitos de Shaktima
Upani News decidió brindar esta serie de artículos publicados en el diario El Nacional cuando Shaktima cumplía labores periodísticas en la fuente de Arte y Espectáculos de ese periódico caraqueño. No se trata de nostalgia ni remoción inútil del pasado, más bien atestiguar sobre ese intercambio vital con el otro. El archivo que compartimos es una breve y cercana conversación con Facundo Cabral. Este cantautor partió en circunstancias trágicas y criminales mientras cumplía gira en Guatemala. Fue asesinado el 9 de julio de 2011 en un atentado que en su momento se informó estaba dirigido al empresario Henry Fariña. Varios sicarios dispuestos en tres vehículos los interceptaron en el Boulevard Liberación y acabaron con su vida, mientras que el empresario resultó herido.
FACUNDO CABRAL
Mi madre decía que era un maniático social
Por Erika Tucker
Su nominación al Premio Nobel le sorprende, pero no niega que hace lo suyo, a su manera, es decir con la crudeza de sus ideas. «Pero la vida es así»-aclara. La Fundación Internacional Planeta Libre lo trajo como lo que es «Mensajero Mundial de la Paz» a riesgo de sus «malas palabras y sus buenas ideas» en un único concierto en el Aula Magna.
Es un desarraigado y quizá por eso dijo alguna vez: «…no soy de aquí, no soy de allá…». Parece como desprendido del sentimentalismo que puede dejar el abrazo sentido de una madre, el beso apasionado de una amante o la sonrisa gratuita de un hijo. Pero a la vez, es como si hubiese tallado su cuerpo con el martillo de las experiencias y se clavara a sí mismo, completo y sin medidas, a una masa llamada humanidad. Hay en él una paradoja de vida.
Facundo Cabral está aferrado a su intelecto que sorprendentemente lo deja actuar a la par de una naturaleza que lo soporta, a la que pisa con el peso de sus ideas. “No tengo edad, ni porvenir, y ser feliz es mi carnet de identidad». La presentación está hecha desde hace tiempo, este pasa con la rapidez que sabemos y para Facundo no es distinto.
Canas, una vista que juega sin aviso a las escondidas, ademanes de hombre resteado y expresiones vehementes. El tiempo también le recordaba que ese jueves, cuando conversamos, se cumplían dieciocho años de la pérdida de su esposa y su hija en un accidente aéreo. Irreductible en sus concepciones, divinamente loco y obsesivo por la vida está ocupado en ella, como siempre. En el “ser social”.
Nombra todavía a Marx y Lenin, a Fidel y a los demócratas norteamericanos solo para putearlos. Como si tuviese hipo, compulsivo y divertido putea con afán, hasta a la lagartija que apareció en la habitación del hotel y la siguió con la lupa. «Era transparente la muy puta».
Aclara en su discurso tan febril como consciente que no hay cantores. «Los países están cómodos y no dejan crear a los jóvenes, solamente los hacen consumidores. Allí está el rock en que a lo sumo dicen: «Mi mamá me mima, mi papá no me anima’ (o algo así)».
Él se encontró en México, país que considera el Egipto contemporáneo, donde descubrió a diez millones de «socios» que creían en lo mismo que él. Dice haber rescatado -sin pensarlo- su parte hindú y dejó las pretensiones afrancesadas que padecen los argentinos. No recriminó de Baudelaire ni de Rimbaud, pero otro imperio empezó a conquistar su alma, como tiempo atrás lo hizo Atahualpa.
Aquello fue durante una velada en que el patrón, a quien le recolectaba papas, y sin una ‘o’ por lo redondo -según- en sabiduría, escuchó el canto de aquel que sus padres nombraban de rodillas. Descubrió al señor de traje azul con la guitarra al revés: Yupanqui. Y en la misma noche, dice, la mesa y los cubiertos. Al mismo patrón, más tarde, le compraría por trescientos dólares la tierra en que nació su madre y el precio al regalo, lo puso el orgullo.
Su madre. Sara. Un ser que aparece con la recurrencia de los afectos indelebles. «Ella quería que fuera un Emiliano Zapata. Siempre pensó que entre los dos haríamos la revolución. Era mi antóloga y me decía: ‘ésta canción me gusta y ésta no’. Me acusaba de ser un maniático social». Confiesa que a los 72, cuando la madre partió le dijo: “Me muero contenta, porque cada vez te pareces más a lo que cantas”.
¿Revolucionario por costumbre?
A los dieciocho supo que tenía un arma grande: la palabra. Sentía ser una suerte de Che o Lenín. «Sigo siendo el mismo revolucionario, así siga estando en pedo con la gente y ahora es que estoy fuerte. Me cago en aquellos que tienen, y si antes quería la mitad de lo que tenían, ahora les digo que la libertad está en el interior. Lo que se trata es de tener menos para tenerse más. Que el confort es confortable y me permito la redundancia, pero no puedo pagarla con mi libertad. Los esclavos somos mayoría y los pocos que vivimos somos los valientes».
-¿Cuánta paz vive en Facundo Cabral?
-Soy un guerrero porque sé que la paz es un estado momentáneo que solamente se puede alcanzar en un estado permanente de guerra. La paz ya me llegó y se quedó en mí.
-¿Cuánto de guerra lo habita?
-La guerra esencial, la que tengo obligación de hacer cuando me encuentro con gente que destruye la tierra, que vende los bosques. Una vez me agarré con uno y le dije ´te recuerdo que sos un hijo de puta que vende mi tierra´.
“Sé que no puedo hacer violencia, la que hago es con mis ideas, un poco más lento pero funciona. Sí puedo ser un producto obrero, porque quien tiene me va a ver al teatro, porque siente un agujero espiritual. Soy duro, no soy fácil, es que la vida es así, si hablo de los senos les digo tetas y digo ‘cojer’ cuando otros dicen ‘hacer el amor’».
Facundo nació en el 37 y si algo ha aprendido en estos sesenta años asegura es “que ya no soy un infeliz, lo que antes me deprimía ahora me enfurece». La filosofía para eso -confesó- está en «no dejarse joder, quien venga a eso le digo llévate tu veneno, yo como y duermo tranquilo”.
La pareja es un tema álgido, así como la familia. Un dibujo que realizó en la libreta que guardan estas notas, muestra muchos círculos. “Núcleos de miedo -dice- que no me permiten mayores avances. Cuando empiezo a hablar de eso hay gente que me odia. Yo vivo de hotel en hotel, solo, no sé vivir con dos o tres personas. Tampoco me gusta ver siempre la misma mujer. Para ser pareja hay que ser amigos, ese es el secreto”.
Y recuerda entonces, la casa que un día compró para su mujer y su hija y nunca habitaron. La vendió años más tarde.
Esta noche ofrece un espectáculo de «malas palabras y buenas ideas» empezando con lo filosófico hasta llegar a la poesía. Facundo Cabral es un poema, aunque se empeñe en negarlo.
Artículo publicado el 15/06/1996
Periódico EL Nacional






Como siempre es tan placentero y hermoso leerte Ma, que es indescriptible lp que me pasa mientras lo hago. Creo que lo mas claro, es conectar con el presente absoluto, aunque sea algo que tiene mas de veinte años escrito. Gracias por ser. Te amo siempre, sos todo. Om Namaha Shivaya!