La psique, aquel contenedor que los griegos supieron equiparar con el alma, “tiene una urgencia de representarse a sí misma”, según dedujo el psiquiatra Hans Carl Leuner en los años sesenta, tras décadas de experimentar con lo que llamó Imaginación Afectiva Guiada, tesina psicoterapéutica que daba amplia cuenta de cómo el mundo interno individual (sin forma pero sustancial), se proyecta en imágenes, así vez representaciones simbólicas que paulatinamente van respondiendo a la gran pregunta primigenia: ¿quién soy?
Ya desde antes, la Imaginación Activa desarrollada por el valiente Jung, se hizo técnica como resultado de sus propias aventuras sin temor hacia los recodos oscuros y también luminosos de su mundo interno. En su autobiografía, refiere a un prolongado periodo de intensa angustia psicológica juvenil, cuando soñó que, del cielo del Padre creador, en medio de un día maravillosamente plácido y soleado, caía algo sobre una iglesia. Se despertó asustado, como maniobra defensiva para no ver qué era lo que caía desde esos prístinos linderos (como se suponía debían ser los cielos del señor).
El sueño, persistente, se presentaba una y otra vez, incluso durante ensoñaciones diurnas, en las cuales el atormentando Jung se veía sorprendido por la intromisión de esta misma secuencia de imágenes, deteniendo forzosamente el desenlace final, para nunca ver qué era lo que caería del cielo. En un punto de suplicio, ya insostenible, entendió que debía dejarse llevar por la secuencia de imágenes y finalmente soltar lo que la urgencia del sueño estaba intentando transmitirle.
Fue así como cerró los ojos y recreó la secuencia: en un bello día de verano, de sol radiante y fresca brisa, camina tranquilamente hacia una iglesia. De repente, del cielo comienza a caer algo, justo sobre la iglesia misma: grandes cantidades de excrementos cubriendo la sagrada edificación. Lo que experimentó el joven Jung posteriormente fue en primera instancia, un gran alivio psicológico (e incluso digestivo) y, en segundo lugar, más importante tal vez, el inicio de un proceso interno de revisión, reelaboración, sanación y comprensión interna de su imagen respecto del Padre creador.
Esto le dio renovadas fuerzas a su joven búsqueda espiritual, desenmarañando progresivamente el hilo de su propia conexión interna con Dios. Desarrolló entre muchos otros fenómenos, el tema de la imagen inconsciente de Dios, un paradigma con el que pocos se atrevieron a desinfectar un conducto interno de relación en esencia incólume.
Jung amaba la música, tal como se lo hizo saber a Margaret Tilly en la única sesión de musicoterapia formal a la cual asistió en forma de paciente, para experimentar lo que se decía de esta forma de abordar la psique, en resonancia con el magnetismo que los sonidos y los arquetipos codificados en formas musicales podrían suscitar.
Alcanzó a vaticinar entonces: “Gracias a lo que usted me mostró esta tarde, no solamente lo que dijo, sino lo que sentí y experimenté, siento que, de ahora en adelante, la música debería ser una parte esencial de todo análisis. Esto toca el material arquetípico profundo, que solamente podemos alcanzar algunas veces en nuestro trabajo de análisis con pacientes. Esto es verdaderamente extraordinario”.
A partir de entonces, grandes investigadores en el campo de la música y conciencia, como Keneth Bruscia, han desarrollado programas específicos de secuencias musicales para estimular el flujo de imágenes internas en favor de la integración de la psique.
En Father Sky, un programa para ser usado en sesiones de Imaginación Guiada con Música, la secuencia de obras busca recrear imaginariamente las propias instancias de fe, en un trayecto que implica retos de confrontación y resolución.
Para recreación propia del lector, la siguiente es la progresión de piezas cuidadosamente seleccionadas por Bruscia para darle al viajero la pantalla de proyección y resolución de sus imágenes internas alrededor al tema de la fe:
1. Pärt: Cantus in Memory of Benjamin Britten. Las campanas de apertura convocan al alma como un llamado desde arriba para entregarse a una fuerza superior. Escalas descendentes que “presionan” para ceder ante las resistencias del ego y su necesidad de sostener patrones fijos de creencia.
2. Ives: The Unanswered Question. La música sugiere la aparente disparidad entre el yo humano y el divino. La intención es que Father Sky comienza a comunicarse a través de misterios y enigmas, desafiando el sistema de creencias del oyente, lo cual se refleja en la música: las cuerdas expresan majestad y gracia, mientras los metales plantean preguntas profundas y los instrumentos de viento se burlan ante cada respuesta.
3. Alwyn: Sinfonía 5, 4to movimiento. El arquetipo de las campanas se presenta nuevamente, esta vez desde un sentido de inminencia, como llamado hacia la confrontación de lo que no queremos ver (tabúes, miedos, paradojas morales). Las cuerdas ascendentes proveen dramatismo, como si se quisiera ascender hacia algo sublime pero misterioso y aún temido.
4. C. Saint-Saens: Sinfonía 3, Poco Adagio. Llegamos a un lugar donde la música, al proveer un piso de armonía tonal mayor, sugiere un mayor sentido de orden y finalmente, de llegada. Las cuerdas, suavemente marcadas, proveen un lugar de descanso, mientras que el órgano de fondo expresa un sentimiento de sacralidad, paz y orden.
5. O. Messiaen: O Sacrum Convivium. De repente, este «terreno» orquestal organizado desaparece, y hay otro desafío de fe. El Messiaen trae solo voces en armonías increíblemente ricas construidas sobre melodías con saltos tonales inesperados.
La pregunta es: ¿qué tanto requiero para sostener mi fe?
Referencias: Jung, C.G. y Hull R.F.C (1987). Jung Speaking. Interviews and Encounters. Princeton University Press. Jung, C.G. (1962) Memories, Dreams, Reflections. Fontana Press Edition.






Gracias Santiago por ese excelente abordaje a la musicoterapia y la reflexión interna. ONS.