Naren Herrero el autor del texto nos acerca al hinduismo como una alternativa de concebir y realizar la vida Divina en el lugar geográfico y camino que cada ser humano (sin necesidad de tener sangre india) elige con amplio potencial de evolución espiritual, sin exclusión del ámbito material. Nacido y criado en Occidente, aunque con educación espiritual de la India, Naren expone verdades tan elevadas como la no violencia, el papel del maestro, la aceptación de la muerte, y la alimentación, entre otros temas de nuestro contexto diario.
Introducción de un hindú occidental
Uno de los recuerdos más perdurables que tengo de mi primera infancia es la figura de una estatua de madera de Krishna que teníamos en casa, su fragancia de sándalo y la sensación positiva que me generaba el divino pastor de vacas en su tradicional postura de tribhanga, tocando la flauta y con los tobillos ligeramente entrecruzados. Esta imagen típicamente hindú era un detalle coherente en medio de una niñez marcada por historias de santos del Himalaya, cantos devocionales, vegetarianismo, posturas de yoga y meditaciones con ojos entreabiertos.
Mi madre dice que a los tres años yo recitaba el gayatri mantra como en estado de trance, algo que yo no recuerdo y, sin duda, no redundó en ningún estado místico en la vida adulta. Al mismo tiempo, y por nacer y crecer en Occidente, fui un niño «normal» que tenía un perchero de Los Pitufos, era amante del fútbol, ávido lector de cómics de Disney y celebraba con alegría la Navidad. A fines de los años 1970, en Argentina, mis padres estaban totalmente involucrados en el yoga y la espiritualidad hindú y mi nacimiento y el de mi hermano estuvieron marcados por ese entusiasmo espiritual que, con los años, fue tomando diversas formas, pero que nunca declinó. Por tanto, la filosofía, la iconografía y las prácticas de la espiritualidad hindú estuvieron siempre presentes en mi vida, aunque fusionadas con un estilo de vida occidental, sobre todo en el ámbito sociocultural.
En un país mayoritariamente católico, yo no tuve bautismo ni comunión por la Iglesia, pero por conveniencia académica acabé, en la adolescencia, yendo a un colegio de curas donde mis padres habían gestionado un permiso para que yo, por nuestras creencias, pudiera salir de las clases de «religión». Asimismo, llevar un nombre «raro» fue problemático porque los funcionarios de turno les negaron a mis padres mi inscripción en el registro civil, por lo que tuvieron que darme un nombre de emergencia, que fue el bíblico «Jeremías». Muchos años después, y con un juicio civil de por medio, «Naren» pudo ser agregado a mi DNI. Lo curioso es que, a pesar de cantar mantrassánscritos, creer en el karma y la reencarnación, tener fotos de santos hindúes en las paredes y ¡tener un nombre hindú!, en casa se hablaba, sobre nuestra cosmovisión, de «filosofía de la India» y raramente del término «hindú».
Como la mayoría de las personas occidentales y modernas, la idea de religión institucionalizada nos producía cierto rechazo y preferíamos, más bien, identificarnos con el concepto de «espiritualidad», mucho más libre, moldeable y adecuado a un mundo en que las instituciones tradicionales y las grandes narrativas ya estaban en declive. El «problema» con lo que llamamos hinduismo es que, justamente por su amplitud, es difícil de explicar y casi imposible de definir con las categorías occidentales establecidas, comenzando por la palabra «religión».
Para empezar, el hinduismo es tanto una civilización como un conglomerado de religiones, sin comienzo definido ni fundador, sin un único libro canónico ni tampoco una autoridad central. Quizás la mejor palabra para definir esta antigua tradición sería «cosmovisión», pues su ámbito de influencia abarca todos los aspectos de la vida: desde la organización social hasta el análisis detallado del funcionamiento de la mente individual, pasando por el nacimiento del universo, la filosofía perenne o la práctica personal diaria de cada ser humano. La idiosincrasia inclusiva del hinduismo se refleja en el postulado de que toda la vida es sagrada, y en la idea de que la multiplicidad del mundo esconde, en el fondo, una Unidad esencial.
Por tanto, una persona que cree que Dios está en un plano celestial y rige el universo a voluntad puede ser considerado hindú; alguien que acepta el Principio Supremo como mujer y diosa puede ser hindú; alguien que sostiene que este mundo fenoménico es una creación ilusoria de nuestra mente puede ser hindú; alguien que realiza ejercicios respiratorios y posturas durante 12 horas al día puede ser hindú; alguien que simplemente se pregunta de forma constante « ¿quién soy yo?» puede ser hindú… Si cada persona es diferente, y es evidente que no sería razonable que todos siguiéramos el mismo tipo de alimentación, ni tuviéramos el mismo trabajo, ni los mismos gustos, también es natural que cada persona tenga diferentes necesidades a nivel espiritual y no pueda existir una única religión a la que todas las personas tengan que amoldarse.
En el caso del hinduismo, y siempre con unos mínimos comunes de base, que en general incluyen la guía de un preceptor espiritual y de los textos tradicionales, existe un alto grado de libertad individual para que cada uno adapte la religión a sus necesidades y tendencias. De hecho, esta visión hindú de que cada persona tiene diferentes necesidades implica la aceptación de otros caminos como válidos, incluyendo otras religiones, y por eso el hinduismo, en general, nunca ha tenido un espíritu evangelizador. Es más, en los círculos ortodoxos se considera que quien no nace en una familia hindú india (lo cual tiene también un componente étnico) no puede convertirse al hinduismo ni siquiera si así lo desea.
Y siguiendo este criterio, en algunos templos de la India no dejan entrar al santuario principal a personas occidentales, por más hindúes que sean o incluso siendo monjes hindúes iniciados. En mi caso, nunca me preocupe de estas cuestiones, ni tan solo cuando me negaron la entrada al santuario de Madurai en el sur de la India, pues no me interesaba ponerme ninguna etiqueta. De hecho, en mis artículos y durante años escribí que yo no era «hindú», sino que seguía la «filosofía espiritual de la India». Fueron muchos elementos a la vez, pero quizás una charla con Álvaro Enterría, editor español radicado en la India desde los años 1980, fue el detonante de mi cambio de opinión.
Él me preguntó: « ¿Tú haces puja (ritualhindú)?». «Sí», respondí yo. « ¿Tú repites mantra?». «Sí», dije. «Tienes unmaestro hindú?». «Sí». « ¿Haces yoga?». «Sí». « ¿Haces meditación?». «Sí». « ¿Tu nombre no es hindú?». «Sí». « ¿Crees en el karma?». «Sí». « ¿Eres devoto de Ganesha?». «Sí»…Y entonces, con su proverbial sencillez, Álvaro apeló a la metáfora futbolística: «Si una persona usa la camiseta del Real Madrid, mira los partidos del Real Madrid, sigue las noticias del Real Madrid y desea que gane el Real Madrid, entonces es hincha del Real Madrid».
A pesar de vivir en Barcelona, donde el principal equipo de fútbol es otro, entendí de inmediato el razonamiento y lo contradictorio de mi posición, lo cual supuso un periodo de seria autorreflexión sobre mi rechazo al denigrado concepto de «religión» y mi preferencia por la más difusa idea de «espiritualidad». Sin perder del toda mi negación a ponerme etiquetas, y sobre todo en función de la evidencia de los hechos, acepté gradualmente denominarme como «hindú», si bien yo nunca podría ser calificado de ortodoxo. Justamente la plasticidad y la universalidad del hinduismo permiten que una persona no india, nacida en Occidente y sin lazos sanguíneos o socioculturales con la India, pueda aplicar la cosmovisión hindú de forma eficaz y respetuosa con la tradición.
Libro: https://hijodevecino.net/wpcontent/uploads/2019/05/Hinduismo_para_la_vida_moderna_Fragmento.pdf





