Hay tareas extraordinarias en la vida que no somos capaces de detectar porque andamos en tareas ordinarias. Militando en las huestes de los deseos. La gran fábrica del padecimiento. El relieve que nos ofrece la cartografía existencial es infinitamente variado solo que hay superficies que nos llaman, nos hacen un guiño, nos seducen, y seguimos con los ojos cerrados, mirando a hurtadillas, sin detenernos, sin comprometernos. Esa luz que ignoramos, es la luz que necesitamos. Esa constate paradoja no abolirá, eso sí, la noción del despertar.
De allí el fascinante propósito de la iniciación, que es un devenir, un estado de transformación, una conciencia renovada para experimentar rupturas, congelar y disolver el robusto tejido que nos ha abrumado en este plano. La aspiración a una profunda transfiguración de nuestras acciones no podemos construirla con materiales, que son, el resultado de esa negación permanente del ser. El anhelo del iniciado debe estar al nivel de lo que se propone edificar. Es una tarea ardua, probablemente una de las más menospreciadas por la humanidad, y que ofrece unos frutos de acuerdo con la entrega. Vaciarnos de lo que traemos y darle paso al fenómeno de la mutación.
«Como uno de aquellas fulgurantes preguntas,
amparadas en una ética espiritual sin precedentes.
Interpela Dharma a Yudhisthira, en el Mahabharata:
¿Renunciando a qué se vuelve uno rico?…»
Se impone una premisa de extrema belleza: la iniciación se manifiesta en el corazón. El corazón no es tanto el lugar de los sentimientos personales como el lugar de la verdadera imaginación, como nos dice James Hillman. El hombre, entonces, se agita desde ese promontorio, y desde allí, derrama esa imaginación que se expande como influjos divinos que han de separar el ser de no ser. Como uno de aquellas fulgurantes preguntas, amparadas en una ética espiritual sin precedentes. Interpela Dharma a Yudhisthira, en el Mahabharata: ¿Renunciando a qué se vuelve uno rico? Y responde: cuando se renuncia al deseo se vuelve uno rico.
Esta réplica ¿podemos hablar de una paideia espiritual? está cargada de un simbolismo que es inherente a la iniciación. Porque una iniciación efectiva es renuncia plena. No puede ni debe ser de otra manera. He aquí el verbo más implacable por excelencia; renunciar. Movernos en esa entidad de manera consciente, y convencidos de que somos esa belleza que va extinguiendo las diferentes capas que nos distancian del amor. El fin último es subyugar la naturaleza inferior o instintiva por la naturaleza superior o espiritual.
Cuando nos ponemos en movimiento, fundamentado en la realidad divina que nos guía, producto de la iniciación, ese hombre que nos ocupa, debe ser quemado, sacrificado, inmolado. Esa ofrenda la asumimos a condición de que el recorrido es el viaje hacia el ser. No podemos torturar la voluntad ni procurar un experimento obligados por ese permanente florecimiento de sensaciones que nos atan muy sutilmente al estatus.
Otro aspecto importante: la presencia de un gurú. Podemos hurgarnos a nosotros mismos, atiborrarnos de lecturas y luego salir a experimentar como El Quijote, en su iniciación caballeresca, y recorrer una aventura plena de emociones, con las características de un héroe que pierde el juicio. Nosotros andamos desorientados, y creemos que, con el solo conocimiento de las cosas, podemos dar la batalla. Nunca hemos sido tan adulterados en esta vida como cuando creemos que no lo estamos cuando definimos felicidad sobre la base de lo que tenemos. Y es sabido que tener no da ser.
Un gurú es esencial en nuestra iniciación. La sabiduría que mana es capital en nuestra evolución, solo en la medida en que actuemos convencidos y comprometidos con la transformación. Ya no “soy aquel” por el “voy siendo esto” de acuerdo con mi ser. “Aprender algo de otros significa hacerlo nuestro”, afirma el Swami Brahmananda, discípulo de Sri Ramakrishna. El gurú es quien comprende la naturaleza espiritual del discípulo, por lo que esa relación es determinante en la iniciación.
«También sabido es que la fuerza del ego es rotunda.
No vacila. Carcome toda idea de mudanza,
de traslado. Cuando el proceso comienza a ratificar
una conducta distinta, surgen los nacientes…»
También sabido es que la fuerza del ego es rotunda. No vacila. Carcome toda idea de mudanza, de traslado. Cuando el proceso comienza a ratificar una conducta distinta, surgen los nacientes beneficios de esa perfección moral y espiritual que buscamos, es entonces, cuando el otro frente, el negador, retoza con la intención de contener el fluido transformador. Pruebas, tras pruebas. Hay que ser muy rectos para no dejarnos seducir. Y el amor es suficiente para contener todo. No hay nada que no se quebrante ante su fortaleza.
El viaje de iniciación es rotundo porque es la lucha hacia el autoconocimiento, hacia lo inmanifiesto, a eso que está más allá de los nombres y las formas. Es una hermosa gesta de luz que nos toca cumplir. Es una tarea superior que nos merecemos, porque es apenas el inicio de una singularidad cósmica que hemos promovido desde nuestra alma, en ese avance hacia el vacío.
El acomplamiento absoluto, el efecto que produce la unidad. Purificación en todos los sentidos, y también acción consciente. Nada puede lograr tanta tranquilidad espiritual como el entendimiento. Somos una obra inacabada que una auténtica y reveladora iniciación nos conduciría hacia la infinitud. Gozo y virtud. Se hace comprender el poeta William Blake, cuando dijo que la eternidad está enamorada de los productos del tiempo.
Fuentes consultadas:
-Hilmann, James. El pensamiento del corazón. Ed. Siruela. 2005
-Swami Brahmananda. El Gurú.






Cuanta verdad en cada palabra…