Cuando era pequeña mis primas, mis hermanas y yo jugábamos a un juego, no recuerdo cómo lo llamábamos ni quién nos lo enseñó, pero así jugábamos: un jugador se tapaba los ojos o se apartaba un momento, y los demás nos tomábamos de las manos y nos “enredábamos”. “Dani, pasa por encima de las manos de Sabri y Silvia!”, “Adry, pasa por debajo del brazo de Vero!”, y así terminábamos del lado opuesto del círculo, con una pierna de un lado, un brazo del otro, nuestra espalda curvada incómodamente hacia atrás, contorsionados, pero sin romper la conexión de nuestras manos, listos para llamar al jugador aislado, quien tenía el objetivo de devolvernos al círculo original.
Era un buen juego, aunque, claro, solo ahora me doy cuenta de su simbolismo.
De niños el juego era la actividad que llenaba nuestros días, pues con “juego” no solamente me refiero a los que tienen reglas y objetivos sino a ese jugar más sutil, el que es una actitud, o mejor, un estado. El estado libre y puro de quienes viven sin temor, sin estrés, sin ansiedad o preocupación. De quienes buscan formas en las nubes y en las estrellas, melodías en los sonidos de fondo, quienes inflan pulmones y cachetes y aprietan los parpados mientras cuentan los segundos que durarían si estuvieran flotando en el espacio. La libertad de ver la vida entera como un juego.
Sin embargo, crecemos, descubrimos que si intentamos hacer una maroma nos podemos lastimar. Cuando antes corríamos solo competíamos con el viento, pero después se empieza a competir con los demás niños y nadie quiere ser el más lento. Y así empezamos a adquirir temores, ansiedades, y a no tener más tiempo, y se nos va olvidando quienes éramos y lo importante que era para nosotros jugar.
En el libro “El juego del Juego”, el antropólogo y sociólogo francés, Jean Duvignaud reflexiona en profundidad sobre el juego, ese que nos da una pausa de la vida frenética y se compone de la libre contemplación, donde el pensamiento no es guiado por la racionalidad.
Repetidamente Duvignaud ha encontrado reacciones contrarias y cerradas al exponer sus teorías, pues el mundo que creamos no tiene espacio para el juego. El escritor explica “Hay muchas razones […]. Primero, las exigencias intelectuales de una economía de mercado y de una tecnología a menudo incontrolada que dejan poco lugar al terreno vago del sueño, aparentemente fútil: los planificadores, de cualquier lado que ellos sean, rechazan tomar en cuenta, en los balances de los recursos humanos, el “precio de las cosas sin precio”, es decir las actividades que no justifican en nada la rentabilidad. El positivismo ha logrado eliminar lo que obstaculizaba su visión “plena” del universo.”. Se trata de un utilitarismo que conquistó nuestra existencia, si aún se puede definir así una vida privada de sentido y propósito mayor al hacer carrera, tener pareja e hijos, tener casa, carros, y materialidades: lo “inútil” debe ser cortado. Y todo termina por gravitar alrededor de nuestro propósito. ¿Cuál propósito?
Este comienzo del 2023 vino con el anual “Plan de Vuelo” escrito por Mataji Shaktiananda, quien abre con la siguiente frase: “Proponer un plan nunca ha sido la idea, más bien se trata siempre de retozar sobre el plan brindado por la vida”.
Lejos de ser la única vez que la Madre ha mencionado la actividad jocosa de vivir la vida, en esta ocasión, me resaltó con especial énfasis el concepto de la actitud que podemos, y más allá, debemos propiciarnos ante la vida, al ser seres en propósito. Al tener el “Plan Único” como propósito, es como si nos generamos un entorno capaz de limitar futuribles, acobijados en resguardo y asistencia, de esta forma nos ganamos la libertad de jugar en Luz.
Ahora lo único que nos falta es recordar que de eso se trata. Y eso es lo que siento que da el peso a la vida: vamos día a día perdiendo el encanto, al olvidarnos que es un juego, y toman más y más importancia los dramas y los compromisos más mundanos, casi hasta ahogarnos, y entonces llega esa palabra “juego” en una meditación y es como si te succionara el cielo, y vieras todo desde arriba, y te das cuenta de que no es nada en realidad.
Solo toca recordarlo, tenerlo presente, interrumpir el frenesí del día, darle un respiro de existencia a nuestro Ser adormecido. Lo dice de forma muy bella Duvignaud: “No estoy solo, sin duda, en lo de encontrar esa embriaguez en la disposición de espíritu capaz de jugar a dejar o ganar su propria existencia por el solo, pero indecible, placer de jugar”.
Sobre el juego, y sus infinitas variables, Mataji Shaktiananda, nos invita, en una de sus Meditaciones, a explorarnos bajo esa hermosa condición lúdica del ser.
Existe un juego que no ves,
aunque formas parte, queriendo o no.
Cuidadosamente entretejido y en él se encuentra,
buena parte de tu Ser.
Es tu parte.
Lo que tendrías que saber, porque sí,
es que, parte de ti, puede y quiere,
jugar en esa parte.
FUENTES CONSULTADAS:
Plan de Vuelo 2023.
Meditación, “Existe un juego que ni ves” 21 julio de 21.
El juego del juego. Duvignaud, Jean. Ed. FCE. 1997






Que belleza. Si, jugar era sonar despiertos..
Cuanto dejamos en ese camino, cuando nos vamos enrredando la vida.