Puedes tener en un puño el alma, el cuerpo, el discurso, el acto de sanación. Sabemos que la vida es un campo de guerra, y que las palabras, bien o mal dichas, dinamitan por igual. Y es que detrás de cada orador hay una determinación. La elevada espiritualidad es un gozo. En Jiddu Krishnamutir (1895-1986) que pasó más de la mitad de su vida, exponiéndose a miles y miles de personas, allí en plena garganta de los salones, con una voz serena y despejada, se le escuchaba, pero también, se le observaba.
Pulcro de ropa, rodillas juntas, enhiesto cuando se sentaba, no podía modelar otra forma como no fuera su propia geometría. Cruzaba las piernas, y se atornillaba en un loto apasionado y sin tensiones. Un líder sin quererlo, sin proponérselo. Ahí estaba; ayer sobre a tarima, hoy sobre una silla, mañana de traje y corbata, y nada, absolutamente nada, le impedía ejercer un discurso juicioso y la vez, punzante y corrosivo.
“El tiempo es el pasado, el tiempo es el ahora; y el ahora está controlado por el pasado, moldeado por el pasado. Y el futuro es una modificación del presente. Lo estoy exponiendo de una manera extremadamente simple”. Su entrega también consistía en oír al otro, corregirlo, apoyado en sus gestos, en esa mecánica visual de las extremidades, ese suave manoteo, que producía un idioma, una descripción del juicio construido sobre la base del respeto.
Tantas cosas que se sacudió, Jiddu, marcadamente contestatario, cuando algo le generaba algún hormigueo en lo interno, precipitaba serenamente la ruptura y anunciaba nuevos derroteros. Por eso su mirada no contenía desánimo sino una vigorosa advertencia.







Sus preceptos de educación no deben ser olvidados.