Volcar la mirada hacia el firmamento y poder mirar las estrellas en una noche sin Luna, es un espectáculo fascinante que ha despertado la creatividad y la espiritualidad de los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Una de las primeras formas que desarrollamos de identificarnos con las estrellas fue, tal vez, la creencia de que venimos del espacio sideral y que aquellas son las almas de nuestros ancestros que velan por nosotros desde la inmensidad de la bóveda celeste.
El surgimiento de las primeras civilizaciones terrestres está vinculado al entendimiento de la relación entre el movimiento de los cuerpos celestes en el espacio sideral y su relación con los ritmos naturales de la Tierra, lo que impulsó el desarrollo de la agricultura. Desde los tiempos de Gobelik Tepec, en Turquía, las Civilizaciones del Valle del río Indu, Egipcios, Babilonios, Aztecas, Mayas etc, la observación del espacio ha sido una de las principales fuentes de inspiración para el avance tecnológico y el despertar espiritual del ser humano.
«Estas energías fueron personificadas
en la antigüedad como dioses,
siendo el espacio su hábitat natural.»
Las energías estelares, que desde las constelaciones y los planetas irradian sobre la Tierra, han sido correlacionadas con las alteraciones sobre las mareas y el campo electromagnético de la Tierra y con cambios en nuestra estructura psíquica y emocional. Estas energías fueron personificadas en la antigüedad como dioses, siendo el espacio su hábitat natural, ya sea que habitasen en las cumbres más altas o más allá de las estrellas, pues a través de él se desplazan para abarcar todos los mundos.
Entender lo que el espacio es en sí mismo, ha sido motivo de debates científicos, filosóficos y teológicos desde hace siglos. Aún no se ha llegado a una conclusión que satisfaga a todos. Si admitimos que el cosmos surgió de una indescriptible explosión, el Big Bang, la cual esparció toda la materia y la energía del universo que se encontraba concentrada en un punto infinitesimal, habría que aceptar que esa materia se encontraba en algo que precedió a la creación. Ese algo sería lo que conocemos como Espacio desde el punto de vista de las ciencias puras, o como la Nada desde el punto de vista filosófico-teológico.
Los filósofos han abordado la disertación sobre el espacio desde dos puntos de vistas muy diferentes: El relacionista y el absolutista.
«El punto de vista relacionista
sustentado por Aristóteles, no acepta
la idea de la existencia del vacío.»
El punto de vista relacionista sustentado por Aristóteles y luego por el filósofo alemán del siglo XVII G W Leibniz, entre otros, no acepta la idea de la existencia del vacío, de la nada, y considera al espacio como lugar, como relaciones espaciales entre las cosas por lo que el espacio no existiría independientemente de la materia, de las cosas que conecta. Si el universo desapareciera el espacio no existiría. Esta es la forma más habitual de entender el espacio, pues generalmente cuando alguien nos pide describir un espacio, recurrimos a enumerar las distancias entre los elementos que lo delimitan y las características de estos, no al espacio en sí mismo. La Sala tiene 4 x 4 mts, con una puerta y dos ventanas y está pintada de blanco y el piso es…etc.
Por el contrario, el punto de vista absolutista, expuesto por filósofos como Parménides y Platón, plantea que el espacio es todo, está en todas partes y se lo concibe como un receptáculo inconmensurable que contiene todas las cosas del universo, donde estas adquieren su forma. En esta línea de ideas, el filósofo inglés Samuel Clarke, en el siglo XVI, argumentaba además que el espacio es una especie de sustancia que está en todas partes, que nos permite entender cómo se mueven las cosas de un lugar a otro y cómo todo nuestro universo material podría moverse a través del este.
Sin embargo, Clarke va más allá al afirmar que el espacio es divino, que es la presencia de Dios en el mundo por lo que en cierto modo, el espacio es Dios. Así que, si nuestro universo fuera destruido el espacio persistiría, pues al no poder suprimir a Dios tampoco se puede eliminar el espacio.





Me transporté a aquellas épocas de Caracas creativa y talentosa cuando Por cosas del destino me encontré con Enrique hace unos 5 años en Los Angeles y me siguió recordando a ese Enrique ligero y buena onda de cuando hice comerciales en Venezuela.
Que bonito es no perder nuestra esencia!
Súper la entrevista!
Saludos y Namaste