Asistimos a otro episodio de sobresaliente inconsciencia, y aunque hay un mito secularizado con aquello de que en la guerra afloran buenos principios, acuerdos categóricos, pactos civilizatorios, enferma al alma que una conducta global de respeto hacia el otro, sea el efecto inevitable de una matanza. Pero, eso no ha pasado, no pasa ni pasará. Sobre la sangre no puede haber sino un fastuoso constructo kármico, que hace que lo que sucedió, vuelva a suceder, inexorablemente, más allá de los tratados internacionales, pactos, y todo el andamiaje jurídico que termina siendo letra muerta.
«Condenar y sancionar son aspectos de la
geopolítica mundial, de los Estados-Naciones,
que golpean con fuerza..»
Se trata de la invasión más vista en el mundo contemporáneo. La que más se ha posado como un águila en la cresta de las redes sociales. Y por ser la más exhibida, es la que menos ha concitado un criterio global de unidad para detener la crueldad que mora con tanta saña sobre Ucrania por parte del ejército ruso. Condenar y sancionar son aspectos de la geopolítica mundial, de los Estados-Naciones, que golpean con fuerza a Rusia, pero en modo alguno obliga al agresor a bajar la guardia.
El presidente ruso, Vladimir Putin no camina solo por la oscuridad. Va en compañía de países muy poderosos, como China. Es una garantía geoestratégica. Entre ambas naciones, en la actualidad, no hay reproches mutuos como sí existió en 1963, cuando Rusia disponía de su arsenal nuclear, y su homólogo comunista estaba desprotegido. Ahora, el relato es otro, y China no le ha quitado la vista a Hong Kong, y ahora menos, que la invasión a Ucrania luce como un gran estimulante.
«Nos ahogamos en los nacionalismos,
en el ejercer poder territorial, en construir
reductos que terminan siendo cárceles…»
No porque muere el hombre muere la amenaza que él mismo instruyó. Nos ahogamos en los nacionalismos, en el ejercer poder territorial, en construir reductos que terminan siendo cárceles desde donde engendramos nuestras propias idiosincrasias que nos diferencian de otros. Y cuando nos alejamos de las circunstancias para poder tener una mejor percepción de los temperamentos de la historia, nos encontramos con que la naturaleza antropológica del conflicto es la misma: poder.
Aunque el conflicto cesara, nada impide que surja de nuevo. Como en una ocasión señaló George Kennan, diplomático e historiador estadounidense; si estás en la frontera con Rusia solo puedes ser un vasallo o un enemigo. Es la peculiaridad que ha sembrado la memoria colectiva de la cultura eslava. Un enfrentamiento permanente. Es más serio que trágico.
El escalofriante asedio que ha visto el mundo, todo lo que ha desatado, su estremecedora escalada, su manera de activar en la humanidad los pliegues más dispares, a ratos cobardía a ratos solidaridad, son vistos a través de la vitrina digital, no sin recordar que la guerra es contraria a la fuerza civilizadora, esa que convierte al animal humano en un ser humano civilizado.
Después de todo el cataclismo, incluso si la contienda pasa a otro nivel, al nivel que falta, al escollo nuclear, quedará más de la mitad del mundo enganchado a la esperanza, a los valores y principios que insistirán en una reconstrucción para ver si somos capaces de mirarnos de frente. Sabemos que el mundo es distinto, si comparamos el aquí y ahora con el desastre que dejó la I y II Guerra Mundial, que son demasiado los frentes que han metamorfoseado al ser humano, no obstante, la vida interior del hombre es la misma. Espiritualmente sigue sin rumbo.
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, con todos los rasgos de ese héroe que busca salvar a su país de las garras asesinas de su invasor, el pasado miércoles imploró ayuda estadounidense, y lo hizo hurgando con el puñal sobre el imaginario de su más poderoso aliado en dos imborrables episodios de su historia; el ataque a Pearl Harbor y los atentados del 11 de septiembre. “Vamos a hacer más en los próximos días y semanas”, aseguró Biden.
Hay una imagen que describe muy bien la miseria humana. En realidad, hay muchas. Nos llama la atención la rodilla del policía Derek Chauvin, sobre la garganta del afroestadounidense George Floyd, que terminó en un asesinato el 25 de mayo de 2020. Ocho minutos, y 46 segundos, fueron suficientes para ratificar una forma de ejercer el poder.
De alguna manera Ucrania resiste con valentía a la nefasta opresión de la rodilla de Putin, a sus diferentes contoneos con el objetivo de propagar terror. Y con la bomba nuclear en la mano. Como la diplomacia está deformada, el mandatario ruso acosa arteramente. Hace que sus ataques sean más vistosos cuanto más fallecidos hay en espacios ajenos al objetivo militar.
“Muévete con las olas”, dice un dicho japonés, y así se ha movido la humanidad, sin rebelarse, como adaptándose, asimilando una realidad que carcome y aturde.






Me recuerda cuando China invade Tíbet. No hubo quien defendiera esta nación. El acto de recibir a su majestad el Dalai Lama en Dharamsala fue un gesto de la India estimando el menor riesgo pero igualmente valiente. Débiles voces respaldando a Ucrania mientras el monstruo desatado en Rusia juega al poder.