Un llamado a reconocer la unidad esencial de todas las cosas y a expandir nuestra comprensión del Ser y del cosmos. En De lo infinito, el universo y los mundos, Giordano Bruno (1584-1600), se expone y ciertamente se condena, con su visión revolucionaria de un universo infinito. El filósofo y astrónomo sostiene que el cosmos es una expresión divina, donde todos los seres y elementos están interconectados en este y en otros mundos. Rompe con las limitaciones del pensamiento humano convencional, proponiendo que la realidad trasciende las categorías finitas de espacio y el tiempo. Para él, la infinitud del universo refleja la naturaleza ilimitada de lo divino, invita a explorar la existencia con una perspectiva más amplia y espiritual. Termina indirectamente, atacando a la iglesia y a la concepción tradicional del mundo humano-espiritual de la época.
Epístola introductoria, dirigida al ilustrísimo Señor Miguel de Castelnau, Señor de Mauvissiére, de Concressault y de Joinville, Caballero de la Orden del Rey Cristianísimo, Consejero de su Consejo Privado, Capitán de 50 hombres de armas, y Embajador ante la Serenísima Reina de Inglaterra.
Si yo, ilustrísimo caballero, condujese el arado, apacentase un rebaño, cultivase un huerto, remendase un vestido, nadie me miraría, pocos me tendrían en cuenta, raros serían los que me reprendiesen, y fácilmente podría complacer a todos. Mas, por ser delineador del campo de la naturaleza, preocupado del pasto del alma, ansioso de la cultura de la mente y artesano experto en los hábitos del entendimiento, he aquí que quien es mirado me amenaza, quien es observado me asalta, quien es alcanzado me muerde, quien es comprendido me devora.
No es uno, no son pocos; son muchos, son casi todos. Si queréis saber cómo ocurre esto, os diré que la causa es la generalidad de la gente que me disgusta, el vulgo que odio, la muchedumbre que no me agrada, y una cosa que me tiene enamorado: aquella por la cual soy libre en la esclavitud, alegre en la pena, rico en la necesidad y vivo en la muerte; aquella por la cual no envidio a quienes son siervos en la libertad, sienten pena en el placer, son pobres en la riqueza y están muertos en la vida, pues tienen en el cuerpo una cadena que los constriñe, en el espíritu un infierno que los abate, en el alma un error que los enferma, en la mente un letargo que los mata; no habiendo magnanimidad que los libre, ni longanimidad que los levante, ni esplendor que los ilustre, ni ciencia que los reviva.
Ocurre, por eso, que yo no vuelvo atrás, cansado el pie del arduo camino; ni, desganado, sustraigo los brazos a la obra que se presenta; ni, desesperado, vuelvo las espaldas al enemigo que me ataca; ni, deslumbrado, aparto los ojos del divino objeto, mientras siento que la mayoría me considera un sofista, más deseoso de mostrarse sutil que de ser veraz; un ambicioso, que se preocupa más por suscitar una nueva y falsa secta que por confirmar la antigua y verdadera; un engañador, que se procura el resplandor de la gloria, echando por delante las tinieblas de los errores; un espíritu inquieto, que subvierte los edificios de la brava disciplina y se convierte en constructor de máquinas de perversidad.
Así, Señor, los santos númenes alejen de mí a todos los que injustamente me odian, así me sea siempre propicio mi Dios, así me sean favorables todos los que gobiernan este mundo, así los astros me adecúen la semilla al campo y el campo a la semilla(2), de modo que aparezca al mundo útil y glorioso el fruto de mi trabajo, despertando el espíritu y abriendo el sentido a quienes están privados de luz, pues yo, muy ciertamente, no simulo y, si yerro, no creo, en verdad, errar, y cuando hablo y escribo, no discuto por amor a la victoria en sí misma (porque considero enemiga de Dios, vilísima y sin ápice de honor toda victoria en que no hay verdad), sino que por amor de la verdadera sabiduría y por deseo de la verdadera contemplación me fatigo, torturo y atormento.
Esto lo han de poner de manifiesto los argumentos demostrativos que dependen de vividas razones y derivan de sentidos sujetos a regla, los cuales son informados por especies no falsas que, como veraces embajadores, se desprenden de los objetos de la naturaleza, haciéndose presentes a quienes los buscan, abiertos a quienes los requieren, claros a quienes los aprehenden, ciertos a quienes los comprenden. Ahora, he aquí que os presento mi contemplación en torno al infinito universo y los mundos innumerables.
Argumento del diálogo primero
Tenéis, pues, en el primer diálogo, primero: que la inconstancia de los sentidos muestra que éstos no son principio de certeza y no la producen sino por medio de cierta comparación y referencia de un objeto sensible a otro y de un sentido a otro; y se infiere el modo en que la verdad se da en los diferentes sujetos.
Segundo: se comienza a demostrar la infinitud del universo y se trae el primer argumento sacado del hecho de que no son capaces de poner un límite al mundo quienes por obra de la fantasía quieren, fabricarle una muralla.
Tercero: del hecho de que no es propio decir que el mundo es finito y que reposa en sí mismo, porque esto conviene solamente a lo inmenso, se toma el segundo argumento.
Se toma luego el tercer argumento de lo incongruente e imposible que es imaginar que no está en ningún lugar, porque así, de cualquier manera, se seguiría que no tiene ser, supuesto que, a toda cosa, sea corporal o incorporal, corporal o incorporalmente le corresponde un lugar.
El cuarto argumento se saca de una demostración o prueba muy convincente que presentan los epicúreos:
“Puesto que todo espacio es limitado,
si alguien llegara a sus confines últimos
y desde allí arrojara un dardo alado,
¿piensas tú que, después de haber hendido
el aire, seguirá su derrotero,
o prefieres creer que algún obstáculo
ha de impedir de afuera su camino?
Porque ya sea que algo obstaculice
su marcha y no lo deje hasta su meta
arribar, ya se lance aún más lejos,
es claro que hasta el fin no habrá llegado”
Referencia
– https://es.wikipedia.org/wiki/Giordano_Bruno
Leer más: https://ddooss.org/libros/Giordano_Bruno.pdf





