Nos aproximamos a un recuerdo – y la memoria nos advierte que tenemos memoria- a un hecho incontestable de intolerancia, del niño enfermo activo, en modo transgresor y bilioso, un titán descuartizándose, apoyado en su desorbitado empeño de poder, hybris en todo su esplendor, que estremeció la medula espinal de la humanidad, y aun cuando simultáneamente el planeta asistía boquiabierto al espectáculo de la muerte, bajo el incólume yugo de la aldea global, un poco más de dos décadas de esa abominable destino, hoy seguimos en el mismo lugar: andas perdido entre las repeticiones, eres una repetición entre las repeticiones.
La imagen de las repeticiones le pertenece al poeta mexicano, Octavio Paz, quien en un pasaje de su célebre libro, “El mono gramático”, (sí, Paz quedó cautivado por Hanuman, cuando vivió seis años en la India) hurga con crudeza discursiva y poética eso que el no menos poeta, traductor y crítico literario, el venezolano Guillermo Sucre denominó, los páramos de la consciencia, un abismo encendido de formulaciones y vivencias donde el hombre, correcto o incorrecto ser, es capaz de habitar su propia aniquilación. Paz siempre alterando el desorden, a través de la palabra.
El respiro es para detenernos un instante en los atentando a las Torres Gemelas, que cumplen este 11 de septiembre, 24 años. De aquella abrumadora realidad, las repeticiones en torno al hundimiento y degradación del otro, continúan en su distópica espiral, incluso se ha potenciado, y ya no se trata de poner en evidencia lo evidente; es que en muchas ocasiones lo evidente no es lo que parece, nos dicen. Desde entonces, el sujeto ha ganado en tecnología y entretenimiento -hasta la muerte es una distracción- ha perdido en espiritualidad, y no es que haya capitalizado demasiada luz.
“Artista de las repeticiones, gran maestro de las desfiguraciones, artista de las demoliciones”, acicatea Paz. La letra estrujando la realidad, descomponiéndola, desnudando el disimulo. Un certero hachazo a la conciencia, esta de hoy, que no hace otra cosa que insistir en el error. Disolución y fragmentación. El mal amplía su universo, repite sus postulados. ¿Muestras? ¿Testimonios? ¿Teorías? No hacen falta. Aunque para acciones mucho más elevadas hemos nacido, impresiona mucho, muchos desbalances.
El acto de recordar la herida en el cuerpo social, una psique entumecida, con una inmensa cicatriz. Dos pájaros picoteando el alma, y al rato, un contragolpe nefasto. El mismo objetivo que se repite, como si la creación del Universo hubiera sido el efecto de una venganza. Ni un antes ni un después, solo sombras las que se imponen. La propiedad del enemigo es la ignorancia, que emite silbidos siniestros, acompañados del prolongado aullido de compasión.
¿Por qué reproducimos tanto mal? Desde la crudeza de un bombardeo, hasta el acto de maldecir a tu enemigo. Sí, hay matices, intensidades, formas de formas. No hay garantía de que no vuelva a ocurrir lo de las Torres Gemelas porque su dolor se refugió en otros dolores, en esa repetición del caos, la mentira y el desamor, que nos hace estallar de impaciencia.






Siento que frente al horror solo queda aprender el amor como virtud de trascendencia y no me es fácil …amar al enemigo …nada de fácil!!