Luego de que el gran diluvio universal extinguiera la raza -que se había desviado del sendero del Ser, debido a la intervención reptiliana, que dividió el experimento en Caín y Abel- la humanidad se complejizó. Siendo Abel ancestro de Noé, fue elegido por Yavhé para salvar la siembra de AD(a)N. Y por otro lado, el fruto de la infidelidad de Eva con su amante serpentino Caín, quien, en su profunda envidia de la luz de Abel, en un arrebato de ira, le parte la cabeza con una quijada de burro. Así lo cuenta el libro del Génesis, con una simbología casi hermética.
Caín, desconociendo su origen divino, instaura el fratricidio como antecedente de que la guerra es un medio justo para saciar una ambición desmedida. Sed de sangre y hambre insaciable, que intenta llenar el vacío del abandono del Ser, profanando todo lo sagrado y depredando toda la creación.
No teniendo a bien la voluntad de Dios, los sobrevivientes al cataclismo, en lugar de procurarse un nuevo Edén en las fértiles tierras, copiosamente irrigadas por 40 días y sus noches, decidieron reunirse entre las riberas de los ríos Tigris y Éufrates, para allí emprender el primer atisbo de civilización. En aquel entonces, eran una sola raza, todavía impoluta, de ADN humanoide, capaces de reproducir la voluntad divina, pero sin conexión con la divinidad. Por eso buscaron en lo externo y se embarcaron nuevamente, esta vez no en un arca; sino en la construcción de una gran torre que les permitiera alcanzar a Dios.
Les amparaba un lenguaje común, lo cual aseguraba un entendimiento cabal entre ellos. Arduamente trabajaron: cociendo ladrillos de barro en lugar de piedras y utilizando asfalto como mortero. De esta manera, en su afán de alcanzar a Dios, nació la primera empresa humana postdiluviana. Y surgió lo que suele surgir de las grandes empresas: orgullo y soberbia. Viendo Dios surgir aquellos bajos instintos, decidió intervenir de una manera muy astuta; confunde las lenguas y los obliga a abandonar el ambicioso, ridículo y por demás, inútil esfuerzo. Babel, tienes sus raíces en el hebreo más antiguo y significa: confusión. Así pasaría a la historia aquella inacabada torre, levantada con sudor, sueño y ambiciones. Los que allí se quedaron, serían los fundadores de Babilonia.
Muy probablemente, aquel sea el origen de lo que sería revelado como el arcano XVI del Tarot: “La casa de Dios”. La Torre, partida en su corona por un rayo proveniente del sol (conciencia divina). Desde ella caen de cabeza dos personajes, femenino y masculino. La torre está en llamas. El arquetipo del caos. Y… ¿quién no lo experimentó en su despertar de conciencia? Ese rayo que nos partió en dos la cabeza y nos sacudió la estructura hasta los cimientos. Que nos incendió por dentro, propulsándonos hacia el conocimiento de lo trascendente. Fuego que alumbró la búsqueda entre las tinieblas de nuestra propia ignorancia y que nos hizo dar con el encuentro, con la piedra filosofal que nos convertiría en Atanor, horno en forma de torre de los alquimistas.
La torre simboliza la estructura egoica del ser encarnado. Que necesita ser demolida para poder alcanzar la iluminación. Cristalizar la conciencia divina en sí mismo. Convertir el metal burdo en oro puro. De allí que pasara a tantas tradiciones y se esparciera por los mundos esotéricos iniciáticos y de formas tan insospechadas como en el ajedrez, donde las dos torres simbolizan las columnas de Salomón y los dos pilares de la Kabalah. A su vez representan la fortaleza del Ser y su función es proteger al Rey, el alma del jugador.
Sigue el humano empeñado en construir torres. Ya no para alcanzar a Dios, sino para demostrar su poderío económico. Así, en una frenética competencia, las grandes potencias compiten con sus torres de largometraje, que únicamente aspiran en demostrarle al otro de lo que son capaces. Monumentos al ego. No aprendimos nada de Babel ni del Tarot, de la alquimia ni del ajedrez. Lo que hicimos, en todos estos milenios, fue exacerbar nuestro ímpetu de conquista, depredación, fragmentación y destrucción.
Estamos cada vez más complicados y definitivamente más confundidos.
Fuentes Consultadas:






la falta de humildad la soberbia enceguese lo que los humanos nos hace irreflexivos se ve solo desde un punto más el panorama real se obscurece de allí que hoy nos dejamos influenciar sin investigar de cualquier cosa .Se necesita hoy que hagamos el ejercicio de entender la verdadera belleza de la creación para empoderarse disfrutar y agradecer