En los tiempos que vivimos, si estamos al tanto de los acontecimientos que se propicia la humanidad, es factible que la tristeza nos toque el alma y nos exija entender más allá de lo evidente o de lo pregonado porque sucede lo que sucede. El país más extenso del planeta busca extender sus fronteras a la fuerza; un pueblo que sufrió un genocidio actualmente comete otro; un presidente de un país poderoso menosprecia en público el perdón que, en el funeral de su esposo, una viuda expresa hacia el asesino que dejo a sus hijos huérfanos, y los hechos continúan inexorablemente.
Los seguidores de Zoroastro compartían una visión dualista y radical del mundo en el que coexisten dos principios espirituales fundamentales y opuestos. Lo vivían como campo de batalla entre el bien y el mal, percepción que aún no ha dejado de tener vigencia y en la que la tristeza se invita sola. Así fue cómo los contemporáneos, del Zaratustra de Friedrich Nietzsche, se dieron cuenta de que la tristeza tiene dos caras. Aquella que conduce a la desesperación ante el fracaso, la impotencia de someter al mundo a nuestros caprichos y la otra, reconocer que ella es un llamado del alma a trascenderlo y sintonizarnos con nuestro verdadero Ser.
Los filósofos existencialistas comprendieron que la tristeza no era una enfermedad mental sino un indicio de la confrontación del alma con ciertos aspectos de la realidad del ser humano. Para Albert Camus era la reacción al «vacío» que surge de la búsqueda de respuestas definitivas a las vicisitudes de la existencia y no poder encontrarlas. Para Jean Paul Sartre, esta surge cuando nos damos cuenta de que no existe una forma predeterminada de actuar por lo que el peso del mundo recae sobre nosotros ya que somos responsables de lo que sucede debido a que nos fue dada una libertad absoluta, abrumadora.
Para Martin Heidegger la tristeza existencial surge de reconocer que nuestra permanencia en este mundo es transitoria, es la «nostalgia del ser» ante lo inevitable ya que todo desaparecerá, nuestros seres queridos, lo que admiramos, lo que nos hace apegarnos al mundo. Sin embargo, para Soren Kierkegaard, el padre del existencialismo, la tristeza tiene un origen espiritual ya que surge de la no reconciliación con uno mismo y con Dios. La desesperación que surge de esa tristeza no resuelta es una “enfermedad mortal” producida por la incapacidad de ser uno mismo plenamente.
Aun así, para los existencialistas la tristeza no es algo negativo que deba ser suprimida con drogas legales o ilegales, ni ignorada con distracciones banales, sino el motor que nos obliga a cuestionarnos el «¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hago con mi vida?». La tristeza se convierte así en una alarma existencial que nos advierte de que estamos transitando una vida mediocre, sin tomar las riendas de nuestra propia existencia, renunciando a nuestra libertad y evadiendo nuestra “razón de ser”.
Hay tristezas memorables como la experimentada por Arjuna en el campo de batalla de Kurukshetra al ver en el bando contrario a sus maestros, amigos y parientes dispuesto a luchar contra él y tener que enfrentar el dilema de aniquilarlos. El Bhagavad Gita es un texto sagrado con varios niveles de interpretación y en uno de ellos se le puede ver como una indagación sobre cómo superar la tristeza existencial. En él se la reconoce como una emoción humana natural ante los dilemas de la vida y se muestran los caminos para trascenderla.
Los caminos del Gita se fundamentan en el reconocimiento de que el apego a los objetos de los sentidos, la ignorancia espiritual y la identificación errónea con el cuerpo físico en lugar del alma eterna, son la causa fundamental de la tristeza y el sufrimiento. El Señor Krishna conmina a Arjuna a cumplir con su Dharma y a mantenerse ecuánime tanto en el éxito como en el fracaso. «La muerte es segura para quien ha nacido, y el renacimiento es inevitable para quien ha muerto. Por lo tanto, no debes lamentarte por lo inevitable».
El Gita muestra dos caminos principales para trascender la tristeza: el del conocimiento espiritual, el jñana yoga y el de la devoción, el bhakti yoga. El de la sabiduría para discernir entre lo eterno y lo transitorio y el de la entrega a lo Divino que otorga consuelo y fortaleza. «A aquellos que me adoran con devoción, pensando en Mí como su meta suprema, Yo los libero pronto del océano de nacimientos y muertes», se lee en el Gita.
En el contexto de la Tradición Védica, Ramana Maharshi recurre al Atma Vichara, la indagación en la fuente de la mente, “El Sí Mismo”, como una vía radical para trascender la tristeza inherente a la condición humana ordinaria. Aquí la clave es indagar, preguntarse ¿Quién es el que experimenta esta tristeza? ¿Quién es el que tiene esa creencia que la origina? La idea es volcar la atención hacia el sujeto, el «yo» que la experimenta dejando a un lado los pensamientos y las emociones que detonan la tristeza.
Al indagar repetidamente sobre la fuente, el origen del «yo-pensamiento», la mente se dirige hacia su propio origen y se sumerge en el Corazón Espiritual, en el Hridayam, donde se realiza la identidad con la Conciencia pura, el Atman. De esta manera al no tener la tristeza un ego que la reclame, se disuelve en la fuente.
Como hemos visto, la tristeza, no es un enemigo que se debe combatir o una presencia incomoda a la cual ignorar, sino un catalizador para el despertar del alma. Es un llamado de atención que indica un estancamiento en nuestra vida y la necesidad de una transformación profunda hacia la realización del Ser.
Fuentes
https://humanidades.com/existencialismo/
https://www.youtube.com/watch?v=0vc4s5_Oh-U
https://www.saibabadice.org/74/2.htm /https://www.gururamana.org/Reso






Ons, Excelente reflexión, muchas gracias. Soy psicóloga y el contenido de este articulo me resulta muy interesante para compartir con los pacientes que atraviesan momentos de dolor.