Nadie ajeno, ni hoy ni entonces. El mundo bajo impacto y una estupefacción en la que las razones y las explicaciones eran inabarcables. Ni la geopolítica imbricada con manejos ocultos daría fe cierta del abominable hecho.
Desde entonces, algo se rompió, más allá del cuadro estadístico de dolor ocasionado por la partida de tres mil almas en las más siniestras formas. La ruptura se produjo en una psiquis colectiva desde entonces más enferma. Esa misma psiquis que ya, con poca reserva de espanto, se prepara para el resonar noticioso de los veinte primeros años de la tragedia que demostró el alcance del odio y el desafío al amor y la detonación de un temor que ya no se oculta.
“¿Qué pudo haber llevado a un
alma a decidir emigrar del sistema humano
tras una experiencia tan traumática?”
Nuestra remembranza va por un pronunciamiento inacabado de imaginación: el ascenso de los casi 3.000 seres que migraron de plano, casi todos, en un mismo día, bajo el signo de la devastación, no sólo de una estructura que sucumbió ante la vista de millones de personas, sino por lo que hasta ese momento se erigía como la máxima expresión de la realización urbana, envuelta en operatividad y desarrollo capitalista.
El coloso arquitectónico, sin bullir todavía en su habitual volumen de moradores, sostenía en sus entrañas -antes de las nueve de la mañana- a la mayoría de quienes día a día deambulaban en oficios por las sendas moles. De repente, el caos y la zozobra se esparcieron tras los choques graduales del par de aviones que las impactaron. Gemelas como eran, algunas resonancias igualmente guardaban, para desaparecer casi simultáneamente.
Asfixia, quemaduras, lanzamientos al vacío, golpes de alto impacto, fueron algunas de las causas de muerte entre todos aquellos que ese día deshabitaron el planeta. La estadística, desde entonces, incluyó a los mismos terroristas, personal y pasajeros a bordo, trabajadores de tan diversas áreas, sin estimar a quienes, en todos estos años y tras las secuelas de la inhalación de asbesto, queroseno y demás agentes contaminantes, han reducido su salud o han fallecido.
“¿Quién puede creer que haciendo
la guerra puede acabar con la
desobediencia de un pueblo?”
¿Qué pudo haber llevado a un alma a decidir emigrar del sistema humano tras una experiencia tan traumática? ¿Qué alistamiento kármico se contenía para engrosar, en memoria, uno de los eventos que quedará, para siempre, como la muestra insondable de las tensiones humanas?
Aquella vez, nuestros guías expresaron: “Es la Guerra Santa una tradición en planetas en los que los principios de fe se confunden. ¿Quién puede creer que haciendo la guerra puede acabar con la desobediencia de un pueblo ante el hecho histórico que los marcó como los elegidos? ¿Elegidos de qué? De su propia ignorancia.”
Ásperas palabras para las descalabradas movilizaciones de aliados y contras, dentro de un territorio en ancestral y obsesiva reclamación, dado para perpetuar las bases de civilizaciones que, en mutua pugna y condena, reclaman e imponen dogmas de la antife. Apelan, sin tregua, a las hasta hoy tozudas posturas que, en nombre de la mal entendida fe, quieren regir, controlar y demostrar el poder ostentado sin saber siquiera para qué. Se sabe, eso sí, del entramado de intereses que sólo genera conflictos constantes, sin agenda posible más que destrucción y rupturas.
“El inconsciente colectivo mueve
fuerzas tremendas en tensión, y son
esas corrientes las que configuran
el bosquejo de lo visible…”
¿Qué conlleva la elección de un alma que se desprende así? Puede resultar inexplicable, pero a la vez, es índice de las facturas cursadas al colectivo inconsciente, tras los manejos que precipitan alteraciones en todos los órdenes del convivir humano.
Son circunstancias que se aventuran a trastocar y transgredir los límites de lo racionalmente concebido para la más mínima convivencia, en perenne acecho por las efluvias producidas desde el caos que genera la manipulación, la ilegalidad del tráfico de armas, el trastocado orden del bienhacer ético y cívico hoy inexistente dadas las exaltaciones religiosas y la sed insaciable de supuesta justicia en pos de alcanzar un dominio que no vislumbra futuro pacífico.
El inconsciente colectivo mueve fuerzas tremendas en tensión, y son esas corrientes las que configuran el bosquejo de lo visible, determinando incluso las más sombrías formas de establecer equilibrios fugaces, a partir de las “entregas” de almas que deben desprenderse tras experimentar realidades siniestras. La conciencia colectiva permanece ignorante de las elucubraciones caóticas de su inconsciente, excepto cuando este emerge con toda su fuerza, rompiendo la estructura de la psique colectiva que no entiende la causalidad que rige y, además, desconoce su propia sombra.
Se rompió mucho, al reducirse a una polvareda que ocultó miseria y envolvió cadáveres que, en emergencia, debieron transmigrar sus almas hasta predios que los acogieron como un tumulto de seres urgidos de una paz que, ni siquiera con la muerte, se libran, menos cuando las conmemoraciones, homenajes y memorabilias tienen manchas de excrementos, derrames y desangres del inconsciente más amoral y turbio que se haya conocido en tiempos contemporáneos.
Aquí les extendemos un link de una iniciativa universitaria llamada Enseñando más allá del 11 de septiembre, con el objeto de esclarecer las tensiones raciales y culturales creadas a partir de este evento:
https://www.gse.upenn.edu/academics/research/september-11-curriculum





Mientras ignoremos estas leyes “Kybalion”, seguirán ocurriendo un evento tras otro. La única esperanza que podemos tener, es que exista una masa crítica de seres que se animen a rozar estas leyes y hacer de ellas una verdad para poder crear un mínimo de balance:
1. El Principio de Mentalismo.
2. El Principio de Correspondencia.
3. El Principio de Vibración.
4. El Principio de Polaridad.
5. El Principio del Ritmo.
6. El Principio de Causa y Efecto.
7. El Principio de Generación.
“El Kybalion”