El alba luciendo sus destellos desde horas inusualmente tempranas. Horas y horas de luz que llevan a un ocaso tardío. Un verano más, con sus ardientes rayos, su exaltada vida, su accionar incesante, y los mil y un juegos que presenta. Un agosto que se acerca, un agosto que ya llegó, un agosto que, así como viene se va, un agosto que se hizo, un “se hizo su agosto”.
Y aquí estamos en medio de este escrito, que apodaremos veraniego. Trataremos hoy brevemente, muy brevemente, un mes con muchas peculiaridades. Un mes que el mismo emperador César Augusto decidió nombrar buscando inmortalizar su propio nombre en nuestro calendario, que por miles de años iba a perdurar. Así que, imitando la proeza de su antecesor Julio César, no sólo de “sextilis” a “augustus” le renombró, sino además, bajo los poderes de la emperaduría, le restó un día más a los ya convalecientes veintinueve de “februarius”, para sumarle uno a la treintena de augustus, y así no permanecer aminorado por la hazaña de los treintaiuno de Julius.
¿Y qué tiene de especial agosto? Todo y nada, como todo. Para aquellos del hemisferio sur, no mucho más allá del frío. Para los del hemisferio norte, este mes marca pautas. Es el punto álgido de una energía que viene en franca acumulación desde mayo, gracias a un sol paseante que se desplaza por el zodiaco durante estos cuatro meses en una danza uno-a-uno a través de Tauro, Géminis, Cáncer y Leo, en ese exclusivo y brillante orden.
En la historia de la creación del alma, se cuenta que en Tauro es donde esta misma se ve delimitada por fuerzas superiores y así se delinea un campo donde va a poder existir. Acto seguido, en Géminis se hace las primeras preguntas acerca de su existencia, para luego en Cáncer reconocer su conexión con los planos de la materia a través de las sensaciones, lo cual le lleva a que sea en Leo donde distinga sus limitaciones y sus posibilidades finales de libre albedrío y experimentación. Así, el mes de agosto se presenta bajo energías de exploración y reafirmación de las facultades de cada ser.
Estas energías no sólo aplican al individuo, se traspolan, se expresan en el planeta.
Es alrededor de agosto y algo de septiembre cuando la vida se comprende, se expresa, se prueba a sí misma. Se cosechan la cebada, el maíz, la avena, el sorgo, y por supuesto el arroz y el trigo, que son los grandes proveedores de energía alimenticia para la humanidad. Viene la vendimia para aquellos amantes de la uva. Crecen ríos importantes como el Ganges y el Nilo. Además, ocurre el orto heliaco de Sirio (momento en el cual esta potente estrella se hace visible al amanecer), insuflando energías de expansión y hasta liberación.
En franca armonía con el cosmos es esta época del año la que más muertes naturales y por accidentes presenta. Asimismo, se dan la mayor cantidad de nacimientos, por supuesto en clara consonancia con una concepción novembrina y decembrina, meses que gozan de otras cualidades muy peculiares. En pocas palabras, el que quiere hacer su agosto, lo hace. A su forma y en sus causalidades.
Los días más intensos típicamente se expresan a mediados del mes, cerca del quince, cuando el Sol entra visiblemente y de manera contundente dentro de la constelación del león. Así el Rey de este sistema entra a recordarle a la humanidad que hay fiereza interna, y hay que saberla conducir, no sobre experimentación baldía, pero si hacia experiencias fecundas, diligentes y estelares, para emprender hacia aquella que ahora brilla en el amanecer. Una odisea cósmica que será memorable para el alma.






Confío en que no sea este período utilizado para mal de la humanidad, en las circunstancias que andamos.
Desde luego voy a tener en cuenta esta aportación para mis proyecciones.
Gracias por la «contundencia sutil» de la información.
De corazón, GRACIAS.