No hay épica más interesante y cautivadora que la del camino interior. Es la aventura más fascinante que puede existir, siendo nosotros mismos su protagonista, por lo que toca vivir en carne propia las aventuras, las desventuras, los peligros y las bondades alcanzadas en cada trecho.
Son indudables y obvios sus inevitables altibajos, picos, valles y mesetas, que se cruzan según el ánimo que nuestro trabajo interno haya dispensado, variables que generalmente están dadas, pero no muy claras en nuestras conciencias.
Vamos, siendo impactados por las circunstancias externas, que cambian constantemente, estemos acompañados, sintiendo un apoyo invaluable, o estemos solo con nuestra propia compañía, motivación e iniciativa, dando frente a oportunidades, obstáculos, distracciones o pruebas. Las causas de todo eso son, muchísimas veces, indescifrables, quizás porque caemos en una especie de platitude existencial, en la que nos vemos inmersos en la trivialidad, en el sin sentido y la superficialidad.
El término platitude nos remite a una declaración prosaica que deriva de plat, palabra francesa para “flat” o “plano”, refiriendo una sabiduría superficial sobre un tema más profundo, pero con resultantes semánticas poco significativas.
El “nadie es perfecto”, “todo sucede por una razón”, “el tiempo de Dios es perfecto” y así un sinnúmero de clichés que suman a una insulsa palabrería, conforman lo que podríamos catalogar como platitude.
Y si llevamos el término al camino espiritual, podemos decir que en la vida cotidiana también hay lugares comunes, que nos sumerge en una complicada visión conformista que asumimos cuando creemos que no lo estamos. Hay frecuencias que dominan nuestros temperamentos, y esa especie de resignación, logra crear un estado apropiado para que el ego ratifique su liderazgo existencial y no haya ninguna resistencia, ni revisión ni intención de sacudirnos.
Caemos en una especie de adormecimiento, en el que simulamos que estamos bien y relajados, satisfechos con lo que nos sucede, pero termina siendo una trampa, un asunto contrario al desarrollo espiritual. Y lo que realmente ha sucedido es que se ha estado viviendo en una ignorancia total de aspectos claves para el avance, donde creíamos que nada “malo” nos ocurriría, donde todo era conocido, confortable y seguro. La verdad es que no ha empezado el viaje más largo y fatigante.
Tal y como les sucedió a Rama, Lakshman y Sita:
Rama y Lakshmana vivían en Ayodhya, una ciudad ideal, donde todos sus habitantes son felices, reina la paz y la armonía. Una especie de paraíso o de inopia. Sin embargo, cumplir con su destino, con el dharma, implica que ambos deban dejar su zona de confort para comenzar el sendero espiritual.
Continuar con el trabajo interior, contra viento y marea, es la llave más precisa. El sentirse cómodo, con la visión color de rosa, nos hace caer en la tentación de descansar, sentarnos y disfrutar de ese estado, y restar en el trabajo propio, creyéndonos en la cima del mundo.
Pero este adentrado camino posee picos y valles a ser aplanados o rellenados, todo el tiempo, y lo que importa en realidad es el incansable compromiso consigo mismo de no abandonar nunca el anhelo de seguir alcanzándonos, bajo la determinación de revisar constantemente dónde estamos, quiénes somos y hacia dónde queremos avanzar.
Fuente:
https://educalingo.com/es/dic-en/platitude
https://laisladelyoga.com/salir-zona-de-confort-enfrentarse-primeros-obstculos/






Gracias Fabi por este artículo. He llegado a pensar que las mesetas, los momentos de «calma», son más peligrosos que las propias pruebas. Y no es clamar por estar en prueba permanentemente, sino alcanzar una calma alerta que nos mantenga en entrenamiento constante para entrar dignamente en la prueba. No parar entiendo es la clave. Gracias