Solo sabemos que no sabemos nada, como proclamó Sócrates, tan severo en sus preguntas como sincero en su búsqueda de verdad. Lo repetimos casi como si lo invocáramos, porque en esa humilde premisa se sostiene nuestro equilibrio en una época en la que el hombre ha decretado, con pasmosa soberbia, que lo sabe todo.
Más aún cuando su nueva fuente de autoridad ya no es la reflexión socrática, sino la voz incuestionable del algoritmo del ChatGPT elevado, por comodidad o por pereza crítica, a madre y padre de toda razón, referencia y realidad visible y posible. Un oráculo moderno al que muchos consultan no para pensar mejor, sino para evitar pensar.
Y como si no fuera suficiente, están las redes sociales para completar la operación que avala, multiplica y viraliza cualquier enunciado, incluso la mentira más vil, hasta convertirla en una “verdad” ruidosa, replicada mil veces, y por ello asumida como certeza por muchos. En ese circuito perfecto de creación y validación instantánea, lo falso se vuelve indiscutible y lo dudoso se transforma en dogma.
Mientras la vieja advertencia socrática -la de saber que no sabemos- queda sepultada bajo el estrépito de lo viral. Así reina el espectáculo de los enunciados instantáneos, de los juicios sumarios y de las verdades a medio digerir, sin indagación ni constatación alguna. Suena con urgencia reconocer que el no saber nada -quizá- sea el último acto auténtico de lucidez que nos queda.
Ese espacio sin ley ni ética, donde la difusión precede al pensamiento y donde la osadía se ha vuelto norma, así la rutina noticiosa es escrachar, difamar, defenestrar, denunciar a quien se antoje, siguiendo la corriente pública, la marea impersonal, voluble y escandalosa que dicta a quién elevar y a quién hundir, sin importar versiones, sin escuchar tensiones, sin creer más que la verdad inventada como la fuente de la contienda que no termina de librarse con veracidad.
Por eso abogamos porque lo escrito permanezca, sin el juego de petulancia que muchas veces carga lo impreso y que ahora, envuelto en capas de vidrio, cristal líquido, plástico y píxeles, arroja nociones disfrazadas de luz sin realmente serlo. Insisto, sabemos que todo es un juego de retroiluminación, que cada píxel dibuja únicamente aquello que decidimos que sea. Pero nuestra propuesta es otra: transparente, consciente y de elevada lucidez.
El Upaninews decidió desde su origen ofrecer luces de sabiduría. La propuesta era y sigue siendo tan simple como ambiciosa a la vez, brindar una voz que, mediante la lectura, el contraste y la reflexión se convirtiera en un instrumento genuino de comunicación y de contacto humano.
Antes las noticias solían volar indiscriminadamente, tanto las buenas como las malas, encontrando su cauce natural. Hoy, en cambio, se arrastran penosamente detrás de la carrera en la que el fake lleva ventaja. Y no solo como la calamidad que es, sino como mecanismo para reproducir la falsedad una y otra vez. No hemos avanzado en tecnología para lograr un alcance más hegemónico ni para forjar vínculos humanos más sólidos; al contrario, la desconfianza campea, alimentada por la utilización de los medios como banderas de ataque sin fundamento y por desvirtuaciones que atienden únicamente a lo especulativo.
Nuestro periodiquín, por su parte, pudo haber sido utilizado como tribuna defensiva para señalar los desfases de conciencia que este año intentaron trastocar nuestra tarea mancomunada. Unos pocos -autoexcecrados y resentidos- en sus razones del no-ser- pretendieron denunciarnos mediante la atrocidad de la mentira, la descontextualización, el chisme artero, la opinión torcida y lo más brutal de todo, el intento de denunciar lo indenunciable, la verdad misma.
Cerramos este año con la convicción intacta de que la claridad es un deber, la transparencia un compromiso y la verdad trabajada, contrastada, incompleta pero honesta es un acto de resistencia.
Que el próximo año nos encuentre en la misma tarea, la de siempre que es alumbrar, discernir y comunicar con la firmeza de lo que dice sin barullo y sin mentiras.






Que nos inunde el sentimiento que sobrepasa cualquier saber, ese que está más allá de toda razón, y sólo solo sepamos ser para no saber más. ¡Gracias inmensas!