La sed de escandalizar, y más aún de viralizar, tomó a un fenómeno social que logró inquietar -según lo previsto- a un colectivo sediento de lo anómalo y lo bizarro. Alcancé a consumirlo, no sin sorpresa, cuando explotó masivamente desde esa “normalidad” que lo había contenido.
Sin embargo, ver hoy el remedo de lo que puede llegar a leerse como una modalidad de zoofilia en tiempos de pedofilia, inquieta. Y sí puede perturbar -y más aún- cuando ha llegado como ítem de la agenda, cualquier tema susceptible hoy a convertirse en tendencia para explotar el descontrol y revertir síntomas desde los sentidos hacia lo que se ha querido enfocar como una lícita autopercepción o identificación con lo animal.
Me saltó la memoria mi entrañable amiguito, y más que hermano, Miguelito, el vecino de enfrente. Salía relinchando de su casa, que ahora entiendo percibía como establo; se detenía en la acera, miraba hacia uno y otro lado y, a sutil galope, cruzaba la calle hasta llegar al muro de la casa. Una vez ahí, daba coces, piafaba con inquietud, hasta que, sereno, se desmontaba de sí mismo y entraba él, Miguelito, quien igualmente resoplaba y se frotaba la nariz con frenesí antes de saludar.
Su conducta, entonces, la tomábamos como su pasión por lo hípico, un juego ecuestre espontáneo en respuesta a su encanto por lo ecuestre, su anhelo por ser un caballo galopando libre, pese a que se moviera apenas por las cuadras de Campo Claro, bajo el cuidado de unos padres, Ofelia y Antonio, quienes se debatían en sus propias formas de vida, las mismas que hicieron que se fueran pronto.
Una vez dentro de la casa, se convertía en ese muchachito de carita de hombre esculpida, cejudo, de ojos vivaces y una dulzura que le hacía ganarse una arepa extra de mi mami, aun después de haber desayunado en su hogar.
Miguelito era, en sí mismo, un caballo galopante y, a la vez, un jinete sagaz. Un centauro desprovisto de mitología alguna: ni Quirón ni Folo. Parecía entrenado a pelo, y no es que tuviera un equilibrio perfecto entre la razón y el instinto, pero era capaz de desbravar a cualquiera con su dulzura y su intensidad. Nunca perdía los estribos, a menos que fuera desafiado a convertirse en ese niño que debía defenderse; ahí daba rienda suelta a su desenfreno. Su furia tenía causa —nuclear, por lo que recuerdo—, pero siempre supo ser la expresión más viva de una naturaleza compleja, y solo recordarla conmueve.
Cuando toda esta movida de los therians se “visibilizó”, me movió profundamente, me llevó de regreso a esa infancia en la que el vecinito más cercano era tan particular, fiel a una conducta que hoy parece tan explotada. El remedo de las expresiones que alcancé a ver en medio de -caninos y felinos, en su mayoría- resultaba, muchas veces, ridículamente forzado: olfateos, manoseos por “pezuñeos”, brincos rabiosos, pericias descontroladas en parodia descarnada de las naturalezas innatas.
Este revival de sensibilidad e instinto animal registra lo que han sido estos seres, algunos etiquetados como “el mejor amigo del hombre” y han motivado frases como las del filósofo griego, Diógenes de Sinope, quien desde su ascetismo balbuceó aquello: “Mientras más conozco al hombre más quiero a mi perro”. Toda esta nueva jauría circense, a la luz de hoy, se siente como escape y descarrile, rebeldía y carencia, así como a una urgida necesidad de afectividad que busca salir y encontrar pista, tras la demanda demencial que nos atrapa.
Indignación sentí cuando quisieron racionalizar, analizar, decantar, apelando a una inteligencia tan artificial que en su deshumanización responsabilizó como antecesor a Zeus, por su versatilidad de ser un «teriantropo» al transformarse, metamorfosearse, en algún animal al antojo, a saber, un cisne, para acercarse a Leda, un toro para raptar a Europa y un águila para llevarse a Ganímedes.
Igual, en forzada referencia, en medio de la viralidad surgida, se pretendió usar a Mogli, como aquel espécimen que tras su “socialización” en la jungla traducía conducta therian, magno insulto. Ese flaquito ha sido hasta ahora lo más adorablemente humano que deparó Disney en lo que fue su afán de humanizar animales. Es cuando la infancia se defiende a trompadas.
Buscando algún otro registro de therian me asaltó el alma de nuevo la peli Birdy, en los tempranos ochentas, de Alan Parker, basada en la novela de William Wharton. Rememoré a Matthew Modine interpretando a un joven transformado en pájaro. La experiencia de dolor, impotencia en Vietnam, lo llevó a liberarse del terror bélico alzándose en imaginario vuelo sobre el campo de batalla.
«Al» Columbato, interpretado por Nicolas Cage, fungió de aquel amigo de infancia que intentaba traerlo a tierra, cuando el trauma lo enjauló en un psiquiátrico por su negativa a hablar y su persistencia en actitud y obsesión a volar hacia otra realidad. Si esto puede ser considerado hoy un síndrome therian, a ver si los actuales tienen el suyo que justifique su rechazo o desadaptabilidad a su condición humana y su argumentada metamorfosis (¡oh… Kafka!) como animales.
Es cuando siento que en esta humanidad se ha exacerbado la involuntad. Esta movida es otra sintomatología a deshumanizarse, a sucumbir a lo que las tensiones actuales llevan; no superar el dolor, no atajar el descontrol y la resistencia al quehacer, no querer asumir lo que corresponde por tantísimas razones que acosan.
Pero volviendo a Miguelito, para mí fue un therian pulcro e impecable, tanto en su andante y natural trote como en su desenfrenado galope. Su relincho daba voz a ese salvajismo contenido, y a su vez, a un freno consciente que le permitía transformarse, a discreción, en ese ser humano posible, sensible y para jamás domesticado; al contrario, profundamente libre y autónomo.
Cuando quedó huérfano, así, como un potro en desconsuelo, redobló su estancia en nuestra casa, hizo establo en nuestro hogar y su “papi” y su “mami”, fueron mis padres. Que recuerde nunca lo vi realmente abatido ni triste, sus sentimientos los dispuso a armarse su propia tropa. Siempre fue tan alegre como bravío, y supo paliar todo con nuestra cercanía, no salía de la casa. Qué amor siento hoy por ese primigenio therian que me aliviana la sensación que hoy produce este trastorno social.
Hace algunos años tuvo sus quebrantos de salud por el pueblo del oriente del país, donde finalmente se asentó con esposa e hijo, salió en bien. Y allí estuvimos en solidaridad y firmeza como buena caballería humana. Con permiso entonces, cierro por aquí, retorno a mi potrero, todo esto me ha hecho sentir las crines al viento.






Gracias Ma por condividir! Ese SI que es therianismo puro, como inocente, en confronto con aquel que ha aparecido ahora: viral, que cae en lo ridiculo. Uno se espera que los «pura raza» sean los mas. Bien vengan los centauros de verdad! Muy lindo articulo!