Al nacer, y solo en el mejor de los casos, se nos atribuye un nombre, se nos transfiere un apellido y se nos acoge dentro del seno de una familia. Y así nos identificamos con este nombre que en realidad no nos define, no podría hacerlo. Solo nos menciona, nos distingue, nos marca y nos individualiza con respecto a los demás. De igual forma, se nos otorga un certificado de nacimiento que nos registra como ciudadanos de un determinado país, con los derechos y deberes que el mismo país ha determinado a través de su historia, su organización y sus gobernantes y con el cual aprendemos a identificamos.
Es así como nos definimos prematuramente y decimos, por ejemplo, somos venezolanos o ecuatorianos o italianos o estadounidenses etc. Fortalece este sentido de pertenencia los distintos valores patrios que vamos haciendo nuestros por la cotidianidad, la convivencia y en cierta forma, la imposición. Hasta se nos entrega una cédula de “identidad” asumiendo que la nacionalidad del país en que nacimos nos identifica. Igualmente ocurre cuando se nos trasmite la nacionalidad de nuestros padres.
Qué poco o nada dice un nombre, un apellido y más aún, una nacionalidad acerca de nosotros mismos. Solo refiere a los datos de nuestro nacimiento y posteriormente la ubicación de nuestra residencia, pero en realidad no existe un solo documento que nos identifique en lo que somos. Ni siquiera el estado civil nos determina. Nuestra identidad cualitativamente va mucho más allá y en último caso estaría en constante transformación.
Quizás un título profesional nos acerque al concepto de lo que somos o por lo menos a lo que más nos dedicamos, pero esto en el caso que verdaderamente vivamos y nos realicemos a través del oficio o arte que éste señala. Lo que no es precisamente el denominador común, al igual que el trabajo que realizamos, generalmente circunstancial y ajeno a nuestra verdadera vocación.
El nacimiento en uno u otro lugar del planeta, la hora precisa y las condiciones mismas no constituyen un evento fortuito. Como todas las cosas, son la resultante de una causa, de una o varias acciones del pasado. Es decir un evento kármico, producto principalmente de nuestras propias elecciones. A pesar que esto no suene lógico desde el punto de vista del pensamiento occidental.
Esas coordenadas al nacer, suponen una configuración planetaria y estelar determinada y única para cada individuo, que a su vez forman parte de su propia personalidad y carácter, así como de las tendencias y orientaciones naturales. Esto sumado a la herencia genética y a la impregnación cultural de nuestro entorno, nos da el perfil suficiente para impregnarnos de un bagaje propio, sin embargo serán nuestras acciones y decisiones tomadas en libertad, quienes definan nuestra identidad.
La identificación con los elementos circunstanciales de nuestra vida nos va deformando la idea que tenemos de nosotros mismos, o el auto conocimiento, pues deja una falsa impronta que en muchos casos actúa como limitante tanto física, emocional y mental. La identificación con una ciudadanía genera en nosotros la visión miope del nacionalismo, el concepto de frontera, de distanciamiento, de apropiación, de diferencias, resultando una limitante que contribuye a la pobreza del pensamiento, cercenando así la visión global o si se quiere universal de nuestra propia existencia como individuos en este planeta, nuestro campo de acción. Deformando o reduciendo la percepción de nosotros mismos y nuestro alcance o proyección más allá de la pequeñez y estrechez de estos conceptos.
El horizonte es vasto y el espíritu humano anhela hacer propio todo lo que le rodea, por lejano que parezca. Es así, como el sentimiento social del hombre, sus sueños y ambiciones le hacen extender su visión mucho más allá de las fronteras del propio país, la afinidad, la resonancia con otras culturas, el llamado ancestral, el sentir de hermandad, los retos y la visión de las posibilidades, hace que prontamente desee hacer suyo todo el planeta y más aún, el cosmos.
La ambición de poseer tierras, la conquista, muy contrario que el sentimiento libertario de la fraternidad humana, ha llevado al hombre a las guerras que aún no cesan en este planeta. Por defender las fronteras se ha derramado harta sangre en la tierra y la intolerancia entre las naciones, las diferencias marcadas y la rivalidad entre los pueblos han devastado trágicamente a la humanidad. Miles de migrantes huyen despavoridos de sus propios países ante la violencia, la pobreza, la guerra y el hambre, más aún en nuestros días, buscando penetrar otras fronteras generalmente cerradas a su paso. La actual geopolítica busca extender más y más sus controles y dominios sobre países débiles en defensa pero poderosos en riquezas naturales y en posiciones estratégicas.
Todo empezó ingenuamente en la prehistoria de la humanidad cuando el hombre buscó en las cuevas refugio a los azotes naturales y posteriormente a la lucha con el hombre mismo en defensa de su grupo familiar y su asentamiento. En ese estado primitivo y casi animal, no concebía otra forma de sobrevivencia que la agresión. Pareciera que el pasar de los siglos y milenios, al trascurrir de las eras, a pesar de la referencia de eras de luz y esplendor, la humanidad no hubiese alcanzado colectivamente un entendimiento mayor o hubiese reincidido en la ignorancia de las eras negativas.
Pero el verdadero nacionalismo se basa en la libertad y en la hermandad, no en las fronteras. Nace de una identificación natural, de un amor o una resonancia con el palpitar de una tierra y su gente. Y no es necesario nacer allí para asumirla, amarla y servirle. Esto desde el punto espiritual, es una sublime acción.
“El concepto y el amor por la nación son algo totalmente impersonal y no pertenecen a ningún individuo o grupo”. Bimal Kumar.
Sri Aurobindo, yogui, místico, poeta hindú, 1872-1950. Escribió en su artículo del 24 de julio de 1909 “El nacionalismo como un paso en la ampliación de la consciencia humana”
¿Quiénes somos? ¿Qué poseemos? ¿Qué nos define e identifica?
Para llegar a la respuesta de quienes somos y asumir nuestra verdadera identidad, debemos nada más y nada menos que concedernos la libertad, y esta mora precisamente en el abandono del ego, el desapego a las posesiones terrenales y los deseos materiales, el deslastre de lo que creemos nos identifica pero que, en realidad, nos limita. Solo así nos estableceremos en la paz interior, que es el campo para la conexión con nosotros mismos. Con ese ser, esa consciencia que se unifica, se alinea, se auto reconoce y se identifica como el Uno y a la vez, el Todo.
Fuente consultadaQuora / La perspectiva de Sri Aurobindo sobre la libertad y el nacionalis






Me pareció muy apropiada toda la reflexión
ONS