Pareciera ser una frase simple, del vulgo más tradicional, pero termina siendo sabia. Cuando se avecina el fin de año es una recurrencia dar un repaso, rozar sensaciones vividas, así como desacelerar el recuento para detenernos en momentos significativos. Y da satisfacción sentir que han sido muchos los eventos vivenciados. Remontarlos en sentimiento termina siendo revivirlos y transferir a la memoria lo más valioso de la experiencia.
Hemos ido determinando la vida a medida que pasan los años y, esa costumbre, puede que haga saltarnos periodos significativos, porque contar y recontar la vida con esa periodicidad gregoriana, marca, aplica data y hasta caducidad, a la experiencia.
Delimitamos al compás anual: 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, los consabidos doce meses, a la requeteconocida fórmula mecánica espacio-temporal del año terrestre o año sideral, sidéreo o año juliano, medido por quienes se ocupan en el tiempo justo orbital del planeta Tierra, en dar una vuelta completa alrededor del Sol.
No queda, no dejamos espacio, para ampliar y reconsiderar toda la información que requiere la conciencia, aquella que logra expandirse sin tiempo ni espacio, para asimilar lo que experimenta.
Cada año pasa a ser una sensación producida en un abrir y cerrar de ojos. Un tomar y soltar de mano. Una caricia devuelta en bofetada, así como el mirar atónito de una evolución, un crecimiento, una transformación, sin oportunidad de registro íntegro, de aprendizaje, de fórmula nueva.
El juego de captar la experiencia estará siempre coloreada por los matices que contenemos. Así ningún año es tan bueno ni tan malo dentro del inusitado devenir de los sucesos que como humanidad producimos y van sumando a los propios estados del ser.
Aunque nos parezca que cada vez es más efímera, la ilusión de vida se va convirtiendo en nuestra más perfecta proyección, en la sana medida que elaboramos actos y alcanzamos logros. Logros de conciencia, zafados de las reacciones colectivas cada vez más llevadas a la réplica y a la anulación del otro, dentro del confuso -por rígido y esquemático- formulismo de existencia común.
No saber interpretar la pluralidad, escoger la negación y simplificar los vestigios de la decadencia a la que hemos convertido a nuestro sistema operario en este planeta, es restarse, involucionar, descontarle al no tiempo su implacabilidad.
Así que, saca bien tus cuentas internas y que todo sea la más sublime ganancia para el alma que eres. Súmale temporalidad a tu espacio de vida para que la inmortalidad sea posible.






Sabiduría Divina y exquisita sintaxis. ¡Gracias Ma!