“Óyeme, oh muerte, cuyo imperio sin límites se extiende a todas las tribus mortales. De ti depende nuestra porción del tiempo. Nadie escapa a tu rabia destructiva. Ni siquiera la misma juventud puede ganarse tu clemencia, vigorosa y fuerte, asesinada por ti antes de tiempo. En ti se conoce el fin de la obra de la naturaleza, en ti solamente se absuelve todo juicio.
Oh poder bendito, escucha mi ardiente plegaria, y hasta una edad abundante la vida humana preserva.”
Himnos Órficos. 86
Sigmund Freud, en su obra Más allá del principio del placer, plantea la dicotomía de las pulsiones, vida y muerte, esta última ya mencionada por la psicoanalista rusa Sabina Spielrein, en su libro La destrucción como causa del devenir.
En Freud, la pulsión de vida o Eros fue desarrollada hacia los conceptos de pulsión sexual y pulsión de autoconservación. En contrapartida, la pulsión de muerte o Tanatos la enfocó hacia aquello que busca la vuelta a lo inerte, inorgánico y lo carente de tensión. La misma, según el médico austríaco, se vuelve en principio hacia el interior como una necesidad autodestructiva, para luego ser proyectada hacia el exterior, convirtiéndose en los grandes conflictos que buscan destruir como conciencia colectiva, desde una globalidad.
Llama la atención que Freud use la palabra Tanatos que refiere precisamente a la personificación de la muerte en la mitología griega. Hijo de la noche, Nix o Nicte, y hermano del sueño Hipnos o Somnus. Aparece en obras como La Ilíada de Homero, Alcestis de Eurípides y en el mito de Sísifo, siendo Tanatos quien conduce a los muertos cuando en vida se les ha terminado su tiempo. En la Tradición Védica, a este aspecto se le llama Iama (que significa gemelo, en sánscrito), Yama o Yamaraj.
De esta forma, en el ámbito de la medicina, el nombre de Tanatos es tomado hoy día para definir el estudio sobre el proceso de la muerte, así como la muerte en sí misma. La Tanatología, dentro de las ciencias humanas, es la encargada de dar sentido a la muerte, a la pérdida, al duelo, así como a las manifestaciones derivadas de estos. Fue un término acuñado en 1901 por Elie Metchnikoff, Premio Nóbel de medicina (1908), quien la denominó la ciencia encargada de la muerte.
En la actualidad esta ciencia busca su sentido, tan importante como el sentido mismo de la existencia, ambos evidentes al momento de desencarnar.
Ciertamente podríamos ser propensos a hacernos conscientes mucho antes, pero lamentablemente el ser humano, desde una somnolencia de conciencia, no puede evitar que solo al momento de la muerte la claridad sea inminente.
Frágil y a todas luces quebradizo, ese ser moribundo se apresura a dar un balance a esa vida que se escapa, antes de que el tiempo lo disuelva por completo. Tradiciones antiguas contemplaron siempre este momento, legándose tratados como el Bardo thodol o el Libro Tibetano de los Muertos, que instruye sobre la buena muerte o la muerte digna y consciente, en el que familiares, amigos o seres cercanos al moribundo, desde este lado, pueden ayudar al que parte hacia el otro lado.
Curar, sanar el dolor que ocasiona la muerte de la misma manera como humanizar su proceso, proporciona una muerte de forma noble, por un lado, y una ayuda determinante en el doliente, quien asumirá su duelo también dignamente.
La muerte física es un proceso natural que no debe exacerbar miedos. Yamaraj, Tanatos, incluso el Anubis egipcio, no son más que un velo, un umbral cuya balanza determina solamente lo que como corresponsables y cocreadores hemos realizado en esta y en tantas vidas.
Corresponde entonces hacernos conscientes y adelantar los procesos de muertes internas para que, cuando llegue el tiempo de la muerte física, nuestro saldo no arroje números rojos y nuestro haber esté lleno de buenas acciones, sin la connotación moral que se le ha querido implicar.
Dígase de buenas acciones, las que nos llevan hacia la Esencia pura de nuestro Ser, independientemente del desgarre que produzcan.
Fuentes:






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