“Querer el olvido es un problema antropológico: desde siempre, el hombre sintió el deseo de reescribir su propia biografía,
Milan Kundera
de cambiar el pasado, borrar sus huellas, las suyas y las de los demás. (…) La lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”
Dentro de la infinidad de facultades que el ser humano posee, la memoria es una de las más fascinantes. Más que un almacén o una biblioteca, es esa capacidad de conservar, elaborar o seleccionar, de la que goza el humano en su individualidad, así como en su forma colectiva, sea gentilicio, raza o linaje.
Asimismo, es obvio que los recuerdos modelan el sentido del yo como personalidad, de hecho, son la suma de lo que somos hasta ahora, incluso recordando o no. Mediante la memoria podemos recuperar escenarios, vivencias e imágenes de nuestra historia personal o de la conciencia colectiva que nos conecta como signo de identidad grupal.
Viajar, por ejemplo, muchas veces implosiona la memoria, lo que puede despertar recuerdos de momentos anteriormente vividos. Ciertamente, dentro de los estudios cognitivos más tradicionales, se arrojan términos como la paramnesia, que se define como un trastorno psiquiátrico que produce distorsión al tratar de distinguir entre experiencias imaginarias y experiencias que en realidad sí sucedieron.
Sin embargo, así como hoy en día los avances tecnológicos sorprenden y hacen realidad lo que otrora creíamos imposible, de la misma forma, hay aspectos de la vida que no han podido explicarse racionalmente, y que solo pueden entenderse a través de una lógica más allá de la mente, un engranaje que requiere un discernimiento guiado por el sentir, y que genera una certeza profunda.
Tal es el caso del renombrado déja vu, esa sensación de certidumbre perfecta de haber estado, haber visto o haber experimentado algo exactamente igual, en algún pasado remoto o no. Viajar, movilizarnos de un sitio a otro puede parecer muy simplista, si consideramos que lo hacemos por un asunto familiar o de trabajo, no obstante, hay traslados que están vinculados a nuestro pasado, hecho en el que difícilmente nos detenemos a reflexionar.
Ahora, si bien hay muchas motivaciones, también hay un factor recurrente que conlleva autoconocimiento y crecimiento personal. El viaje mueve internamente, la fascinación por viajar tiene que ver con experiencias de vidas pasadas, como todas nuestras formas de accionar en este mundo. Hay teorías como la de la carrera del viajero, de G. Hughes, que equiparan las motivaciones viajeras con necesidades de relax, necesidades de seguridad, necesidad de relaciones o necesidad de autoestima y desarrollo; niveles básicos en una vida ordinaria fundamentada en la también conocida pirámide de Maslow.
Pero el alma inquieta busca siempre algo más y si está despierta, encuentra esas coincidencias y sensaciones de repetición que no denotan más que esta sutil y eterna rueda del Samsara, engañosa en su esencia, pero dispuesta para trascenderla, sujeta a la salida del bucle, del loop, es decir, de la replicación. Viajar detona nuestras emociones, cabría preguntarse entonces: ¿placer o miedo?
Queda responder, conocerse, autoconocerse a través de los parajes, las fisonomías, la geografía, las costumbres y tradiciones, las estructuras de vida que el ser humano se ha forjado y a las que se ha apegado una y otra vez. Queda ser, más allá de lo que se ha sido hasta ahora. Queda ir siempre por más.
Fuente consultada: https://www.redalyc.org/pdf/1807/180749182004.pdf






Gracias ! Hermoso texto! Amo viajar y los viajes que hecho siempre me hacen volver diferente !